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Cuando no sabes qué te está pasando, sufres estrés y te viene un brote psicótico

Ilustración © Laia Arque

Situémonos, era en 1994 cuando llevaba casi un año trabajando de «pinche» de cocina en un restaurante. Trabajando de martes a domingo ocho horas diarias, pero los fines de semana, principalmente viernes, sábado y domingo, haciendo horas extras, con lo cual, hacía unas cuarenta y ocho horas semanales. No sería ninguna barbaridad si afirmara que los sábados llegaba a hacer cuatro de más, es decir doce horas. Viernes y domingo, podía hacer unas diez horas, pero no descarto haber hecho doce algún domingo.

Bodas, comuniones y bautizos se llevaban muchas de estas horas los fines de semana. Mis tareas: preparar platos fríos o entrantes, postres y finalmente: limpiar la gran cantidad de utensilios de cocina en unas picas inmensas llenas a rebosar de estos utensilios sucios. En los días fuertes, en la cocina se respiraba un ambiente súper-estresante. Un día de bodas podrían alquilar hasta veinte camareros para el servicio en las mesas. No era un restaurante pequeño, tenía un comedor bastante grande con muchísimas mesas, y tenía más espacios donde eventualmente poner más mesas, para más invitados, con lo cual a veces coincidían más de una boda, bautizo o comunión en el mismo día, en el mismo restaurante… Doble o triple trabajo para mí a limpiar cazuelas…

En este contexto me movía yo… Hasta que aparecieron las alucinaciones. Alucinaciones nada amigables, por así decirlo. Creo firmemente que las imágenes o voces de las alucinaciones o delirios que puede llegar a tener una persona van mucho en función del contexto en el que te encuentres, es decir, del entorno. Si es así, yo manejaba cuchillos, menaje de cocina, muchos utensilios metálicos o de madera… Y fue cuando poco a poco fueron apareciéndome por la cabeza ideas de clavarle un cuchillo a algún camarero que no me caía bien, por aquel estrés insoportable de los días más memorables de aquel restaurante tan exitoso, que se llenaba cada fin de semana, y sus propietarios eran gente muy adinerada, y muy posicionada socialmente en aquella ciudad. Ante la explotación laboral a la que me veía sometido, para ganarme un dinerito, me expuse a un enorme estrés laboral, y quién sabe por qué, un día me llevó a pedir salir de la cocina al chef del restaurante, y allí, en un salón anexo a la cocina, lo increpé con insultos y despropósitos y lo empujé frontalmente con los dos brazos y manos, echándolo hacia atrás un par de palmos. El chef se quedó helado ante aquella escena. Me gritó y me dijo que me fuera. No recuerdo qué pasó en las siguientes horas, pero no sé si fue al día siguiente, que el metre del restaurante, junto con el presidente del club, ya que se trataba del restaurante de un club de Tenis, mi padre, que fue alertado por el metre, y el chef de cocina, me recibieron en una mesa del salón de fuera, todos sentados en la mesa para hablar. Me preguntaron que qué me pasaba, y que, porqué había increpado, insultado y empujado el chef de cocina. Yo llevaba un trapo en la mano, porque había estado limpiando los mármoles de la cocina, agaché la cabeza, e hice como que frotaba aquella mesa, ya impoluta. Vacilé unas palabras, pero no sabía qué decir, estaba sobrepasado por la situación de encontrarme estas personas tan importantes en mi vida hasta el momento: el chef, el metre, el presidente y mi padre. Parecía un interrogatorio policial, y estaba totalmente cohibido. El presidente del club dijo que yo necesitaba unas vacaciones.

Hice diez días de vacaciones y, al volver y regresar a la actividad frenética del restaurante, con interminables horas de trabajo nada agradable, estresante, sucio, exigente, y cada fin de semana igual, volví a tener alucinaciones en el sentido de hacer daño a los compañeros de trabajo, camareros y cocineros.

Yo, que había tenido una educación cristiana, dice un mandamiento: No matarás. Y esto chocaba frontalmente con mi pensamiento alucinatorio y delirante. Interpreté, entonces, que el trabajo de la hostelería no me gustaba, y que lo que yo tenía que hacer era dejar el trabajo en aquel restaurante y olvidarme para siempre jamás de trabajar en la hostelería. Así fue. Avisé al metre que le daba quince días para marchar de la empresa. También lo comuniqué a mi familia, creo recordar. Llegado el momento de finiquitar el contrato, el metre me hizo firmar unos papeles, abrió la caja y me dio un buen fajo de billetes, pactados según el contrato, ya sabéis… tanto dinero por tiempo trabajado. Y me hizo la siguiente pregunta: «¿Quieres acumular dinero?«, y no recuerdo qué le respondí, probablemente la verdad, que no me preocupaba el dinero, sino que yo quería dejar el trabajo porque no me encontraba bien. Marché y para siempre olvidé la hostelería como opción para trabajar.

Yo tenía veinte años cuando me pasó esto. Considero que aquella experiencia increpando y empujando el chef no fue sino mi primer brote psicótico del cual tengo memoria. Recuerdo los hechos, casi fotográficamente, con gran precisión, a pesar de que ya han pasado veintisiete años de aquel episodio.

Un año antes había hecho el servicio militar, una experiencia en la cual recibí mucha violencia por parte del estamento militar, y tan sólo esto ya es suficiente motivo para ver cómo cuando a una persona la tratan con violencia, ésta puede terminar reproduciendo el mismo comportamiento con posterioridad.

Un año después vendría un nuevo brote psicótico en el almacén de archivos donde trabajé después, y que supuso mi psiquiatrización, llegada del diagnóstico y medicalización de mi malestar psíquico.

Tan simple como esto, tan enrevesado como una persona con psicosis que alucina y delira, por la misma inercia de un estrés descomunal, y una explotación laboral tan intensa y descarnada, que me hace daño el alma, de recordar aquellos tristes capítulos de mi joven vida. Gracias por leerme.

Dani Ferrer Teruel


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