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Maternidad y Estigma

Ilustración © Laia Arque

Soy Mónica, tengo cuarenta y tres años, y estoy casada con otra mujer. Cuando tenía treinta y nueve años, después de un año de casadas, se despertó en mí un instinto maternal muy intenso. Todos los poros de mi piel me pedían y deseaban ser madre. Hasta el miedo que anteriormente había tenido de quedarme embarazada y que mi cuerpo cambiara, debido a un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), desapareció.

Yo debuté con una depresión mayor a los trece años, conviví con un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) durante muchos años y más tarde me diagnosticaron trastorno bipolar. Aun así, estudié psicología, trabajé durante años hasta que varios episodios de estrés relacionados con el trabajo que me provocaron ansiedad, depresión y ataques de pánico hicieron que se me concediera una incapacidad laboral.

Sin embargo, mi vida está ocupada y llena en el activismo en salud mental en ActivaMent y el teatro amateur en la cia. Brots de uTOpia barcelona.

No esperaba tener el apoyo de mi psiquiatra, y sinceramente me sorprendió gratamente; de hecho, me dijo que era una de las grandes satisfacciones de su trabajo, poder ayudar a mujeres con trastorno mental a poder ser madres, y se nos derivó al servicio perinatal de la Maternidad en Barcelona.

Las dificultades con las que me encontré fueron otras, que podía haber esperado, pero me dolieron mucho, como ser cuestionada constantemente por mi entorno por si podía y debía ser madre y, por supuesto, si era responsable serlo por tener un trastorno mental. Sé que nadie tuvo maldad, pero me presionaron con argumentos como que suficiente tenía con lo «mío», que cómo iba a cuidar de un bebé, que tenía mayores probabilidades de tener depresión posparto, que no aguantaría las noches sin dormir y que en mi situación dormir es fundamental.

Se da la característica que tanto los padres de mi pareja como los míos no viven cerca de nosotras, por lo tanto, también sería difícil su apoyo. En definitiva, sufrimos estigma, paternalismo, sobreprotección y la no aceptación de nuestra decisión de querer ser madres.

En mi caso además siendo fumadora evidentemente debía dejar de fumar y era otro argumento más para decir que incrementaría mi estrés «y eso a ti ya sabemos que no te va bien«.

Pese a esto seguimos adelante, nos informamos con el psiquiatra mi pareja y yo. También se dio la situación surrealista que mi psiquiatra tuvo que convencer a mis padres en una visita concertada con ellos que ser madre con problemas de salud mental era posible y que incluso solemos prepararnos más de distintas formas por el miedo a no hacerlo bien. También buscamos referencias en otras parejas de mujeres que habían sido madres en cuanto a reproducción asistida, acudimos a las visitas del servicio perinatal, nos leímos dos libros, buscamos información por internet, etc.

Finalmente, a medida que fui bajando la medicación (que tomaba bastante, por no decir mucha) con la pauta de mi psiquiatra caí en una profunda depresión que duró varios meses. También creo que el hecho de tomar psicofármacos desde los trece años en mi caso el proceso de discontinuación fue más complicado que en el caso de otras mujeres que lleven menos tiempo tomándolos, pues mi cuerpo y mente han desarrollado una dependencia mayor.

De todas formas podríamos haberlo intentado de nuevo al cabo de un tiempo, pero creo que a pesar del dolor que supuso y el pensar que no había sido capaz de superar digamos la primera fase (la segunda era la reproducción asistida) creo que la presión social y la que recibí por parte de mi familia pesó mucho.

Yo estaba en una situación de mucha vulnerabilidad y no hacía falta que nadie me dijera: “¡Te lo dije!”. Podía verlo en sus caras. Yo misma dudé de mis capacidades como posible madre, de sí le estaba haciendo una «putada» al posible bebé siendo yo su madre. Mi pareja trabaja todo el día fuera de casa, entonces yo sería la principal cuidadora. En este momento de vulnerabilidad en mi cabeza tuvo más peso todo el estigma, consejos y reprobaciones, todas las ideas que no podría superar las noches en vela, otra discontinuación de la medicación, etc.

Mirando hacia atrás no lo vivo con malestar porque he hecho un buen «duelo” conmigo misma, mi pareja y mi psicóloga. Pero siento que es muy injusto que una mujer o una pareja pase por este rechazo y dificultades por querer ser madre teniendo trastorno mental. En este caso aplaudo a mi psiquiatra que me apoyó desde el primer momento que se lo comuniqué y me animó a llevarlo a cabo.

Sé que mi familia intento sobreprotegerme con toda la buena intención, pero hace años que soy adulta y tomo mis decisiones al igual que convivo con mis problemas de salud mental y lucho por los derechos de las personas con trastorno mental. Las relaciones y vínculos afectivos a veces son complicados y nos hacen dudar de nosotras mismas cuando esta sobreprotección y paternalismo está presente.

Yo no he sido madre, pero en la medida que pueda desde el activismo en salud mental, en sensibilizaciones donde se explica la historia de vida, voy a contar mi vivencia siempre que tenga oportunidad por si sirve para romper el estigma y los comportamientos paternalistas que tanto limitan o pueden limitar, como fue mi caso en un periodo de gran vulnerabilidad. Y por si puedo ser de ayuda o reflejo a otras mujeres que se encuentren en casos similares.

Mònica Civill Quintana


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