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De la ansiedad al ataque de pánico: Un viaje a las profundidades de la oscuridad

Ilustración © Sofía Sampietro

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Es muy común en las personas que padecemos depresión también tener ansiedad en algún momento (no todas, por supuesto, pero suele pasar). También hay personas que han sufrido ansiedad sin tener una depresión. La manera más visual que he encontrado para explicar lo que me pasa físicamente cuando siento ansiedad es sentir un nudo en el pecho que me oprime y me aprieta más o menos, según tengo más o menos ansiedad. Una vez meditando visualice este nudo y visualice que lo desenredaba y conseguía deshacerlo y fue una experiencia inexplicable porque se me fue la ansiedad momentáneamente. Pero no siempre es así de sencillo.

La mayoría de las personas padecemos algo de nerviosismo en ciertos momentos de nuestra vida; por ejemplo, ante un examen o una entrevista de trabajo. El problema radica cuando este nerviosismo se convierte en ansiedad, que resulta invalidante, en el sentido que interfiere en tu vida porque es continua. Entonces es una ansiedad patológica. Los pensamientos que acompañan a la ansiedad son muy personales y varían de persona a persona, pero suele ser común el hecho de creer que no vas a poder hacer alguna cosa, que no puedes enfrentarte a los problemas, a la vida, al mundo, etc. A mí la ansiedad me ha invalidado mucho, hasta el punto de sentir todos estos pensamientos y también sentir mucho, mucho pero que mucho agobio al estar en espacios llenos de gente, por ejemplo, o al estar fuera de casa, lo que diríamos que es una especie de agorafobia (sin trivializar la agorafobia que es algo mucho más complejo).

Esta ansiedad normalmente te avisa de que algo va mal en tu interior. Trabajarlo con la psicóloga era efectivo, pero también lento, entonces el psiquiatra me recetaba ansiolíticos, psicofármacos para combatir la ansiedad. Que creo que en algún momento eran casi necesarios y cumplieron su efecto. El problema es que creo que hay tratamientos que deben darse por un tiempo limitado y normalmente lo que pasa, al menos a mí, es que cuando te recetan un psicofármaco entra a formar parte de tu receta electrónica de “enfermos” crónicos. Lo que podría ser una ayuda puntual, normalmente pasa a ser una medicación que se te añade de forma crónica y después cuesta mucho que te la retiren.

Y un ataque de pánico es el estado máximo en el que se manifiesta la ansiedad. ¿Cómo se siente? A veces la ansiedad se apodera de mí. Despiadadamente me deja sin respiración. Las manos me tiemblan. La cabeza me da vueltas, la vista se vuelve borrosa, siento rigidez en todo mi cuerpo, angustia… Una sensación de que algo malo va a pasar de forma inmediata. Una pérdida de control de mi mente y mi cuerpo. La ansiedad me invalida, me intimida, tiene el poder de quitarme la libertad.

Ya me ha atrapado, ya me tiene entre sus manos. Como si me ataran de pies y cabeza. Quiero hablar, pero no puedo articular palabra. Ya me tiene cautiva y pierdo la voz. Más allá de mis pensamientos flotando en el infinito.

Tiene ese poder, ese maldito poder para decidir por mí. Tiene el poder de anularme como persona. Porque mientras me ha cazado dejo de ser yo para flotar en la nada.

En definitiva, un conjunto de síntomas que hacen sufrir. Una falta de esperanza eterna. Así es la ansiedad, un verdugo que caza al vuelo todos tus miedos, y te corta las alas en cuanto menos te lo esperas. Pero hoy decido luchar a toda costa, ponerme al otro lado del dolor, anticiparme a ella y obstaculizarla, buscar ayuda, buscar aliados, buscar la manera de no perder la dignidad…

Mònica Civill Quintana


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