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Activismo en salud mental desde mi experiencia personal

Ilustración © Marta Bassart

Soy Raquel, tengo Asperger/TEA y no sé diferenciar entre las distintas expresiones humanas.

Me resulta imposible saber si estás feliz o realmente triste.

Siempre fui un bicho raro. En el colegio mis compañeros de clase me encerraban en el lavabo durante horas o me tiraban globos de agua hasta acabar empapada para el resto del día. Yo me lo tomaba como algo habitual, como una rutina, y en el fondo les admiraba y quería ser como ellos. Les observaba todo el día. Sentía que yo era distinta, así que me fijaba en ellos para poder imitarlos. Tomaba apuntes y luego, en casa, ensayaba como si de una obra de teatro se tratara… pero jamás conseguí ser como ellos.

Con el tiempo empecé a encerrarme en mi propio mundo y cuando me preguntaban algo yo respondía cosas inconexas. Y el bullying seguía y aumentaba. Y yo me encerraba todavía más en mí misma y empecé a obsesionarme por los planetas. Los planetas del sistema solar y más allá. Lo sabía todo. Masas, diámetros, colores… Me convertí en una especialista de los planetas con tan solo diez años.

Cuando acabé el colegio los problemas fueron a más. Por aquel entonces no lo sabía, pero era (y soy) incapaz de descodificar las expresiones. No sabía diferenciar entre una cara de felicidad y una de tristeza. La gente me contaba cosas y yo era incapaz de saber si me las estaba contando para reír un rato o para que la abrazara. No sabía lo que era el sarcasmo y la ironía y por supuesto, no entendía las bromas porque no sabía que lo eran. Tan solo reconocía las expresiones extremas, pero cuando algo es extremo acostumbra a ser demasiado tarde para solucionarlo.

Todo esto me daba muchos problemas así que continué observando, anotando y ensayando.

Me fijaba en la posición de las cejas e imitaba el arqueo. Las cejas hacia arriba significan sorpresa. Hacia abajo enfado… También estudiaba la posición de las manos, la distancia de las personas al hablar, su tono de voz, su volumen. El resto de gente parecía controlarlo sin problema, sin darse cuenta de ello, pero yo tenía que esforzarme y aprender. Yo tenía que imitarles. Sabía que me pasaba algo, pero no sabía el qué… Nunca le dije nada de mis ensayos a nadie. No quería dar pena. Yo solo quería ser una persona normal.

A los dieciocho años empecé a estudiar Educación Social. Al acabar la carrera estudié magisterio de inglés y luego psicopedagogía y un máster en educación especial. De algún modo intenté buscar en los estudios la respuesta a lo que me pasaba a mí. ¿Por qué era distinta al resto? La respuesta llegó entonces, cuando tenía ya cuarenta años.

Por aquel entonces hacía de profesora y mis propios compañeros me hacían mobbing (falta de confianza, comprensión). Seguía siendo un bicho raro y ellos, a pesar de ser profesores, no estaban a la altura de las circunstancias. Era tremendamente infeliz y caí en una depresión. El diagnóstico, como os digo, llegó justo entonces: tras unas pruebas, los médicos me dijeron que tenía Síndrome de Asperger. No es fácil ser diagnosticada a los cuarenta y asumir el resultado. Al fin entendía lo que me pasaba, pero ello no me ayudó a solucionarlo. Todo lo contrario: saber que sufría este Síndrome de Asperger / TEA (Trastorno Espectro Autista) / CEA (Condición Espectro Autista) / Autismo de alto funcionamiento / TEA leve, me hacía pensar que mi problema no tenía solución, que seguiría sin entender a la gente, que seguiría sin adaptarme y que bueno… que seguiría sola toda la vida.

Esta preocupación me llevó de nuevo a la teoría. Igual que en su día me obsesioné con los planetas empecé a obsesionarme con el Asperger y el autismo. Por ese entonces descubrí que una de las características de las personas con Asperger es precisamente esa: el foco en un tema. Sin darme cuenta leí todo lo que estaba a mi alcance sobre la condición Asperger y poco a poco me convertí en una especialista. Yo misma era además una fuente de información y contraste. Y de repente un día me encontré explicando lo que era el autismo a alguien que no lo sabía. Mi explicación era completa, científica y personal. Mi explicación pasaba por la subjetividad y eso la convertía en más simple, pero a la vez más rica. Cuando esa persona que me escuchaba se fue pensé que tenía que volver a hacerlo…

Y lo hice.

A partir de entonces doy charlas y clases sobre autismo a decenas de personas. En bibliotecas, centros cívicos y colegios; a familiares de personas con autismo, a personas con autismo, a todos. La sociedad necesita saber que existimos. Necesita saber qué nos pasa para dejarnos de ver como esos raros que siempre están solos. En mis charlas, yo ya no puedo hablar de personas con Asperger/TEA sólo desde la teoría. Os puedo asegurar que cuesta muchísimo tener que pasar de la tercera persona del plural (ellos) a la primera del singular (yo).

Las personas con autismo también queremos la oportunidad de ser felices. Algunos no sabemos diferenciar si estás triste o contento, pero sentimos emociones como todo el mundo.

Tengo Asperger y uso mi propia experiencia para ayudar a los demás. Me he convertido en una activista de la sensibilización y la concienciación… y soy feliz haciendo esto.

Raquel Montllor


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