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Nadie se conoce mejor que tú

Ilustración © Laia Arque

Soy una persona muy pero que muy sensible, intensa, rayada, medio obsesiva y tendiente a montarse películas anticipando catástrofes por doquier. Inquieta emocionalmente, pero retardada en la adaptación en esta sociedad. Con muchos sueños y con mucha apatía a cuestas, una mezcla un tanto incompatible. Miedosa en extremo y deseosa de no darle valor a la opinión de los demás, pero incapaz de hacerlo.

Hay gente que es reservada, que no saca lo que le inquieta, que se cierra en banda… ¡Y me asombra! No entiendo cómo pueden vivir así, porque si yo lo hiciera estaría en el psiquiátrico permanentemente. Y lo admiro, porque ojalá pudiera tener cosas solo para mí, pero tengo la necesidad de exteriorizar todo lo que siento porque si no exploto. Ser tan transparente tiene cosas buenas, pero también malas, como todo en esta vida. Pero mi teoría es que si no expresamos lo que nos hace daño, nos destruye por dentro. Sólo que debes ir con cuidado con quien te «desnudas».

Eso lo sabemos bien los que hemos ido a pedir ayuda al hospital y hemos acabado con un diagnóstico de trastorno mental, privados de libertad, medicados hasta las cejas y apartados de la sociedad.

No dudo de que haya psiquiatras buenos que quieren nuestro bien, aunque no sé si es mala suerte o la tónica general, pero me he encontrado “profesionales” que te imponen tratamientos sin importar lo que sientes, los efectos secundarios, ni cómo todo esto influya en tu vida. Lo importante es que no molestes. Vivo, pero sin molestar. Da igual que no estés disfrutando de la vida porque te convierten en un zombi, da igual que lo que necesites sea compartir tus vivencias y tratar tus problemas, da igual que seas una persona con sentimientos desbordados… ¡Tómate las pastillas y calla!

Y ni se te ocurra mostrar disconformidad con el diagnóstico o con el tratamiento o proponer cambios porque ellos consideran que tú eres un enfermo que no tiene ni idea de medicina (aunque lleves más de diez años haciéndoles caso, a pies juntillas, sin resultados positivos). Se deben creer que la psiquiatría es una ciencia exacta que no requiere de la escucha activa ni de conocer al paciente (su forma de ser, sus vivencias y circunstancias), porque según ellos todo depende de la química. ¡Es increíble!

Mi caso es que me dieron una medicación para dejar de fumar que me provocó un brote y ahí mi vida se fue a la mierda. Empezó la lucha contra depresiones constantes y recurrentes, sobremedicación, efectos secundarios a mansalva, ingresos, incomprensión, estigma social y autoestigma… Años experimentando conmigo, con el ensayo y error, hasta el punto de que me propusieron operarme el cerebro (estimulación cerebral profunda). Llegados a este punto dije: ¡Basta! ¡Basta de ser la buena paciente que confía en vosotros a ciegas!

Entonces empecé a confiar más en mí y menos en los otros. Repasé todo lo que me habían dado durante años y pedí el tratamiento que yo consideraba que mejor me podía ir, y accedieron porque consideraron que era justo probarlo antes de operarme. Pasé de 15 pastillas diarias a tres y ¡Voilà! Después de diez años de infierno puedo decir: ¡Bienvenida eutimia! (estabilidad emocional).

No es suficiente con ser autocrítico, también hay que ser crítico con los demás. Son médicos no dioses y se pueden equivocar y considero que la psiquiatría, en España y en gran parte del mundo, se equivoca y mucho. Ellos conocen de medicina, pero tú te conoces a ti mismo mejor que nadie.

¡Ánimo, fuerza y salud!

Alba Urso


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