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Mi infancia y mis microtraumas

Fotografía © Elena Figoli

Me gustaría hablar de lo que yo entiendo por microtraumas y que los enmarco en la infancia y preadolescencia para entender como me sobrevino el trastorno mental.

Para mí se refieren al significado que le da cada persona a situaciones o experiencias vividas que causan malestar. Desde no sentirte aceptada por tu marco de referencia (la familia más o menos extensa y la escuela) porque por ejemplo no cumples los criterios que ellos consideran que son aceptables, darte cuenta que no tienes una orientación sexual heteronormativa y vivirlo con mucha culpa, pedir ayuda a una persona importante y que no te la dé por miedo, a experiencias tempranas con el sexo para las que no estas preparada, ser “tratada de forma no correcta” psicológicamente por alguien cercano o al mismo tratamiento médico “agresivo” (mal trato y sobremedicación) que en ese momento para mí más que ayudarme me hizo empeorar y desconfiar de los psiquiatras y psicólogos. Podría nombrar otros microtraumas, pero creo que estos son los más significativos.

Creo que todos, o la mayoría, tenemos microtraumas en la infancia. Unos aprenden a gestionarlos y otros quizá nos quedamos estancados e instalados en el dolor, quizá porque somos niños/as y nos es imposible enfrentarnos a ello porque nadie nos ha enseñado. Yo creo que viví bastantes microtraumas, de esos que pasan “casi” desapercibidos, pero ahí están malmetiendo la vida de una niña hasta que un día todo se viene abajo.

Cuando eres pequeña tu mundo se centra en la familia, es el microsistema central. Y yo en la familia fui muy querida. Mis padres y mi hermana me dieron mucho cariño. Lo hicieron lo mejor que supieron y pudieron, pero al mismo tiempo me sentí muy incomprendida…

Los microtraumas en lugar de crear confianza, autoestima, autoconcepto, sentimiento de autonomía, etc. hicieron que me quedara por un tiempo instalada en una triste infancia. Me sentía muy insegura, me daba miedo ir a la escuela y relacionarme con mis iguales, era una niña más bien reservada y que vivía desesperanzada.

La ayuda médica que recibí fue muy poco empática, muy poco esperanzadora o algo parecido a hacerme partícipe del tratamiento y por supuesto desde el modelo biomédico. Recuerdo al primer profesional, el que me diagnosticó la primera depresión. Ni siquiera me miraba a los ojos, solía dirigirse a mi madre. Yo era la paciente pero él no tenía ni la decencia de explicarme las cosas a mí, con palabras que yo pudiera entender, sino que se dirigía a mi madre. Supongo que para él yo no era una interlocutora válida por tener un trastorno mental o ser una niña de trece años.

En cuanto al tratamiento psicológico, fueron mis padres quienes buscaron psicoterapia privada. Una terapia muy larga y que costó mucho en dinero, energías y desgaste emocional. Yo fui quien hizo la terapia, pero fue muy dura para todos.

Siempre he tenido la sensación de que me robaron parte de mi infancia y adolescencia, que se podría haber hecho de otra forma menos invasiva y que me hubiese permitido llevar una vida más “normalizada”. Siempre me sentí un “bicho raro”, diferente a mis iguales y eso condicionó mucho mi vida durante mucho tiempo… Supongo que eran otros tiempos.

Me gustaría pensar que ahora las cosas se hacen de otra forma con los/as niño/as y adolescentes. He estudiado Psicología y estoy haciendo un máster en Psicología infantil y juvenil, y al menos en la teoría veo una parte más humanizada y un trato más próximo hacia los niños y adolescentes. Por otra parte, a nivel de psiquiatría también sé que hoy en día se sobrediagnostica y sobremedica mucho tanto a niños/as como adultos.

Por ejemplo en el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) que es muy controvertido, tanto porque no existía en el DSM (la biblia de la psiquiatría que clasifica los trastornos mentales) antes de los noventa, como por su reciente sobrediagnóstico especialmente en niños y niñas. Y se medicaliza la vida cotidiana, la tristeza que no es patológica por ejemplo sino parte de la vida y sin embargo se medica en lugar de aprender a gestionarla.

Por suerte los microtraumas pueden trabajarse. Muchos años me ha costado y me está costando aun a día de hoy, porque hay secuelas difíciles de abordar y porque “mutan” a otros problemas adultos que hacen difícil a veces reconocer cuál es el origen. Pero ahora siento que ya no soy esa niña pequeña y perdida. Ahora yo trato de llevar las riendas de mi vida. Mi vida ya no es desesperanzadora. Yo decido que pasa con mi vida, bien la mayoría de las veces, como el resto de mortales tengan o no un diagnóstico psiquiátrico.

Mònica Civill Quintana


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