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¡Victoria!

Ilustración © KrisGlobe

Ir a una comisaría y denunciar. Todo un logro contra el miedo, el sentimiento de culpa, la vergüenza, el horror sufrido y el deseo de olvidar. Lo conseguí, denuncié. Pensé que nunca lo lograría. Me da igual si llega a juicio o no, me da igual que haya prescrito, es una victoria sobre mi abusador. Es mi victoria sobre el verdugo. En este artículo intentaré narrar el huracán de emociones que ha supuesto tal decisión.

Llevaba unos tres años diciéndome a mí misma que al año siguiente pondría la denuncia, que sería capaz, y cada año no encontraba las fuerzas suficientes para hacerlo. Llegó un momento en que sentí la necesidad de hacerlo para protegerme de una posible denuncia por calumnias, por decir públicamente que un familiar, que además vivía en mi misma calle, había abusado de mí durante años, concretamente de los cinco a los doce años. De mi casa a la suya, habría unos quince pasos. Lo que para algunas criaturas resulta una ventaja el vivir tan cerca de unos familiares, para mí significó el horror y la destrucción.

Recuerdo que la primera vez que públicamente reconocí haber sufrido abusos, me puse a llorar. Me sentí sobrepasada, a pesar de llevar el discurso preparado y ensayado. Las siguientes veces lo conseguí, tenía claro que no quería seguir callada. He escrito sobre ello y también he participado en charlas donde lo he contado. En una de las charlas conocí a Manuel Barbero de Mans Petites, y a él le pedí ayuda para poner la denuncia en comisaría.

La fecha elegida cayó en las fiestas de Navidad de forma premeditada, días de escasas obligaciones, días de no hacer nada, días para no tener que justificar ausencias. Un par de semanas previas al día elegido avisé a un par de personas, creamos un grupo de Whatsapp y acordamos que en caso de necesitar ayuda la pediría directamente. También acordamos que usaría el grupo para explicar todo lo que sintiera, puesto que ello me ayudaría a rebajar la tensión interna.

La semana anterior al día elegido entré en euforia (bendita euforia, que en mi caso suele aparecer en los peores momentos), e hice audios riéndome de que me había dado por apuntarme en tres webs para encontrar pareja. Claro, es que de repente me entró la imperiosa necesidad de tener pareja y me apunté en las que encontré. Las mantuve durante un par de semanas, puesto que me servían para no pensar y luego las borré. Y unos días antes empecé a somatizar físicamente y si no fuera porque ya lo sé de otras veces, pensaría que sufro de algún tipo de epilepsia, puesto que cuando me despierto, al cabo de un par de minutos, empiezo a sufrir unos espasmos en la mano izquierda que duran hasta que me levanto.

Llega el día, Manuel me espera en la puerta, habla con la persona que hay en el mostrador de la comisaría. Hay un equipo especializado en violencia sexual y siempre hay alguien de ese equipo de guardia. Entro sola en una oficina, me tranquiliza saber que el funcionario que me ayudará a poner la denuncia está especializado en lo que implica el haber sufrido abusos. Me siento bien y siento que estoy diciendo lo que quiero decir, en la denuncia también pongo a mi madre, aunque el delito cometido por ella esté sobreseído por estar muerta (hablaré de ello en otro artículo, me lo prometo a mí misma). Después de dos horas, siento que aquella era la denuncia que llevaba años queriendo poner. Al salir voy a comprarme algo para comer. Emocionalmente todavía no he procesado y estoy neutra, voy andando por la calle y empiezo a sentirme rara, tengo la sensación de que mi pensamiento es lento. Ya lo había previsto y he cogido un taxi. Durante las horas siguientes siento un hormigueo en mis manos y tengo la sensación de que en cualquier momento me voy a poner a temblar, es como si mi cuerpo quisiera ponerse a temblar y no acabara de hacerlo. Durante unos días me siento cansada y con ganas de llorar.

Después de unos días, de repente, siento miedo de que mi abusador tome algún tipo de represalia contra mí. Vuelvo a tener miedo de sus reacciones, vuelvo a sentir el miedo que me ha paralizado durante años. Pero algo ha cambiado, y es que no estoy sola ante un abusador y mi madre. Lo que me ha permitido dar este paso no solamente ha sido el proceso que he llevado durante estos últimos años, sino que lo que ha sido más importante es que sé que no estoy sola ante esto. Por mucho que lo hubiera procesado, si me hubiera sentido sola, desamparada, como me sentía antes, no hubiese podido dar este paso por el miedo, miedo a que venga tu abusador y te vuelva a hacer daño. Y yo sé que no estoy sola, porque no estoy sola, esto es lo que me ha ayudado a denunciar. Gracias, familia del corazón.

Rosa García


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