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La actual percepción

Ilustración © Cristina Aguiar

Hoy he ido al supermercado. Sólo salir a la calle en estas semanas de cuarentena que ya hemos cumplido, he notado un clima de tensión.

Hacía mucho tiempo que no notaba ese clima en mi interior. Es una sensación de que todas las personas están en alerta. No puedo describirlo sin decir que es como una tela de araña tan tensionada que brilla en una gran distancia.

Bueno, ya en el comercio, iba rápido comprando lo que necesitábamos yo y mi madre. Al estar pocas personas en el interior no se hacía complicado coger lo necesario.

Al dirigirme a la caja se cruzó una persona conmigo, y me hizo un gesto con la mano para que me apartará, sentí su mirada de desprecio como se clavaba en mi alma. Hacía tanto que no sentía un golpe así en mi autoestima. Yo pensaba que estaba sellado mi ser ante las sensaciones de desprecio, ¡pero no!, no es así, sigo siendo vulnerable como cualquiera de mis iguales.

Sé, soy consciente de que el mundo está cambiando, lo entiendo, pero solo tengo la esperanza de que no haya un retroceso en la emoción de sentir igualdad por los demás, y no seamos más intolerantes, pues si es así lo luchado tendrá que rearmarme a mí y a todos mis queridos activistas, volver todos llenos de una voluntad gigantesca, para hacer frente a lo que venga.

Espero equivocarme, si es así, todo será mejor para vivir sin tantas heridas en el corazón.

Al regresar a casa volví a desconectar y sentir mi ánimo rehacerse, pues sé que la vida duele, y no es por la vida en sí, sino por los seres con los que nos toca caminar y convivir.

Ahora puedo respirar, sí, soy un luchador, pero siento la batalla como cualquier mortal, y así junto con mi percepción alterada soy un náufrago más en este mar, que tiene un oleaje de cambios que moldeara mi vida y mi futuro de más complejidad, y de todas las personas que quiero llenas de amor y respetada voluntad.

Así sé, que más si cabe habrá que darle libertad a los dolores y temores, para no rendir el amor propio al salado empuje del océano y su realidad.

Miguel Ángel Pérez Salcedo

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