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La garza real y la COVID-19

Ilustración © Urco (Josep Durán)

Cerrada en casa desde el viernes trece de marzo. No soy supersticiosa, simplemente tengo más tiempo para darme cuenta de cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza.

Llevamos seis semanas de confinamiento y en este tiempo he pasado por todos los estados emocionales posibles y mi estado de ánimo no descansa de subir y bajar.

Al principio pasé por la alegría, puesto que sentía que pasaría unos días tranquilos con la familia que quiero. En casa, como tantos hogares, casi no tenemos tiempo compartido debido al trabajo, sobre todo el remunerado. El sistema en el cual vivimos nos obliga a producir a un ritmo incesante, y no entiende de las necesidades y anhelos de las personas. Así, que los primeros días me sentía contenta por este motivo.

De la alegría pasé al miedo. Miedo de poder contraer el virus, miedo de poder transmitirlo. Miedo de la pandemia, del estado de alarma.

Entonces sentí rabia. Rabia de una política de guerra, donde se priorizan unas vidas ante otras. Rabia por unos discursos políticos vacíos de contenido y con mensajes patrióticos, de bandos que se disputan quién lo hace mejor. Rabia por el abuso y la violencia policial a personas que tienen sus motivos para salir a la calle. Rabia por marcar con una cinta azul a un sector de la población, rabia hacia los vecinos que no tienen nada más a hacer que abuchear a otras personas, rabia por haber estado cotizando y pagando los impuestos durante más de veinte años y posiblemente, hoy lo sabré, quedarme sin trabajo, sin ERTE y sin paro.

Del punto álgido de la rabia, pasé a la tristeza absoluta. Tristeza por una sociedad enferma, tristeza y sentimiento de indefensión. Vencimiento, incluso.

Ahora vivo veinticuatro horas con la familia, es agradable pero no hay intimidad. En casa les gusta verme alegre, todas pasamos momentos de miedo y de rabia. Estas emociones están bien aceptadas en la familia.

Pero si ven que duermo más de lo que es habitual, que dejo de contribuir en las tareas comunes y que domina en mí el silencio, se ponen en estado de alerta. Les entra un gran miedo que los transporta a ahora hace un año, cuando vivía con depresión.

Para evitar su preocupación o sus discursos bienintencionados (pero poco útiles), lloro en la cama y apago la ansiedad con unas gotitas azules.

Pero también pido ayuda a las amigas, y sobre todo a personas próximas que han podido pasar por problemas psicológicos en algún momento de su vida. Nos entendemos y nos apoyamos.

Otros días de este confinamiento me siento a gusto, tranquila y fuerte, a pesar de poder perder el trabajo, a pesar de vivir esta situación que a todas nos preocupa y hace daño. Pero lo cierto es que estos días mis estados de ánimo cambian como nunca.

Me han dicho que muy cerca de casa se ha visto un pato y una garza real, he visto imágenes de jabalíes en la ciudad, de aguas limpias, de ciudades sin la nube negra de contaminación. Y pienso que lo mejor que puede hacer el ser humano es desaparecer, por parásito y asesino de nuestro entorno. Pero también observo una gran vida y somos muchas las personas que nos unimos, que hacemos red, que nos ayudamos los unos a los otros con aquello que podemos dar y necesitamos; hacemos apoyo mutuo.

Si bien, la cooperación no es propiamente humana, también la sabemos practicar muy bien desde el corazón, con la cabeza y las manos. Una forma de vida auténtica y de base, alejada del monstruo del capitalismo y de la política vendida y corrupta.

Una forma de vida que nos destruye y un estilo de vida que nos hace bien.

Laia Oliva

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