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Aislamiento por el coronavirus: las lecciones de la agorafobia

Fotografía © Elena Figoli

Los efectos del aislamiento por el Coronavirus son como tener agorafobia unas semanas. ¿Os lo habíais planteado? Puede parecer una exageración. Yo la sufrí. No es un virus, pero, del mismo modo, quería salir a la calle y no podía hacerlo. También tenía miedo, por la ansiedad y los ataques de pánico. Sé que habrá muchas personas que no lo pasarán nada bien estas semanas, también quienes no tenga un diagnóstico. Por eso he querido explicar mi experiencia, por si puede ser de ayuda.

Se me ha dicho que tenía miedo al Coronavirus o que era alarmista, y me enfadaba si me lo decían. “No tengo miedo a la enfermedad”, respondía. Era verdad, pero no era consciente que había un miedo visible para los otros. Tenía miedo al aislamiento, desde hacía semanas. Y a medida que se acercaba, aumentaba: quería estar informada al máximo, aplicar las medidas recomendadas, y finalmente que nos encerráramos ya. ¡Quería controlar la pandemia! Mientras escribía este texto, he visto que he tenido y tengo miedo, pero al aislamiento y que este se alargue.

Me costó mucho volver a salir a la calle después de la agorafobia. Cuando creía que estaba recuperada, sufrí un ingreso de tres semanas. Cuando me dieron el alta, había retrocedido. Tardé en poder salir a la calle como lo hacía antes del ingreso, y unas cuantas más en salir sin tantos ataques de ansiedad. Me da pánico retroceder. Y me ha explotado en la cara.

¿Qué me ayudó entonces? Me levantaba temprano para aprovechar las horas y la luz del día. Buscaba la luz natural y cambiaba de habitación según el momento del día. Incluso subí a la azotea, cuando pude, para que me diera el sol, para sentir el viento en la piel. Y si era un día oscuro, o cuando vivía en pisos oscuros, encendía las luces. La poca luz deprime muchísimo. Cuando sabes que no saldrás, sin embargo, también empiezas a dejar algunas costumbres básicas. Tuve que esforzarme para meterme en la ducha, lavarme los dientes y otras cuestiones higiénicas. No me sacaba el pijama. Pero hay que hacer lo contrario, aunque no salgas a ninguna parte. Hay que seguir cualquier pauta que haga que te veas mejor.

Me pasaba horas ante la televisión para no pensar, enganchada como un chicle al sofá. Y al final del día me sentía peor. Si estás cansado, o te apetece, por un día no pasa nada. Pero no puede ser un día detrás de otro, como lo llegó a ser para mí y puede ser para más gente. Y al final del día me sentía peor. A pesar de que es útil a veces, hay que dosificarlo. Tenía que valorar en todo momento si me ayudaba o empeoraba mi situación. Y la reacción lógica contraria fue el ejercicio. Empecé haciendo taichí. Aumenté la actividad e incluso empecé a bailar por el piso a veces. Era y soy capaz de reír y ser feliz dentro de casa, incluso estando sola. Y por eso no hay nada para motivarse como la música. Tengo una lista llamada “Optimismo”. Y otras por temáticas que me gustan y me activan. Ahora las uso si veo que me cuesta, el cuerpo está pensado para moverse y la mente lo necesita. Pronto incluso volví a tener ganas de limpiar y poner orden. Cuando te pones en movimiento, aunque sea lentamente, los cambios se producen.

Se me abrió el hambre. Vi que no comía bien. Y que esto hacía que me encontrara peor. Hoy como cinco veces al día, como aconsejan los nutricionistas. Alimento mi cerebro para encontrarme mejor, y tiene efectos positivos en mi salud. Alimentos ricos en vitamina C, vitaminas B, omegas, chocolate sin azúcar, plátano y muchos más, son beneficiosos cuando te sientes estresado o ansioso.

También tengo mis rutinas y aficiones. He aprendido que son importantísimas. Cuando no puedes trabajar o salir, tienes que obligarte. Y respetar los horarios que te has fijado. Parece que no, pero avanzo y me siento más bien. La lectura y otras actividades relajantes las dejo para el atardecer. Voy reduciendo la actividad despacio para dormir mejor. E intento respetar mi horario. Ahora ya me despierto a las siete, aunque no quiera.

Para el final dejo lo más importante, la comunicación. Cuando esta se limita en persona, sufrimos. Somos seres sociales. He aprendido que hay que hacerla tan “presencial” como se pueda, y que sea variada, no solo con una persona o la familia. De más a menos presenciales son en persona, la videoconferencia, la llamada telefónica, los mensajes y las redes. Las redes que tanto usamos me podían hacer sentir muy sola. Son la peor manera de intentar comunicarte. Y las uso, mal muchas veces también. No me escapo. Tanto cuando he hecho un Skype, como cuando sabía que podía hablar un rato, me preparaba una bebida. Me hacía sentir fuera de casa. Y hoy todavía lo hago, me ha quedado la costumbre desde entonces.

Mientras le explicaba por teléfono a mi pareja o ex, ya no sé como referirme a él —que se queda en otra ciudad con su padre de más de setenta años—, he decidido que esta vez no esperaré a coger miedo a salir a la calle. Hace falta que añada un cambio más. Puedo salir, además de ir a comprar en pocos minutos. No tengo bastante con salir por la calle, no con tantas semanas por delante, no mientras no me lo prohíban. Tengo un parque cerca de casa. Antes de sentarme a escribir, como hago habitualmente cuando despierta el día, iré a andar, a la distancia recomendada de todo el mundo que me encuentre, a respirar, entre los árboles y la naturaleza. El Coronavirus me encerrará el tiempo que haga falta. La agorafobia ya no lo hará más.

Martina Vergés


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