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Mi trastorno, el asociacionismo y la recuperación

Ilustración © Marta Bassart

Sí, mi primer diagnóstico llegó a los 13 años. Tengo 43. Fueron años de desconcierto, sufrimiento y vergüenza, mucho autoestigma y estigma social y, por supuesto, sobremedicación desde que puedo recordar.

Paradójicamente a lo que se pueda pensar, esto no me ha impedido llevar una vida digamos “ordinaria”. Soy licenciada en Psicología, trabajé hasta que mi salud mental me lo impidió. Estoy casada, tengo amistades, familia, ilusiones y un monstruo que a veces es mi sombra: mi trastorno.

Después de años vagando de psiquiatra en psiquiatra, de psicóloga en psicóloga, de mucho secretismo, de temporadas buenas y otras no tanto, puedo decir que la recuperación es posible y que hace años salí del armario y no me avergüenzo de decir que tengo un problema de salud mental.

La recuperación no significa ausencia de síntomas, de temporadas realmente malas, de no poder trabajar porqué el estrés que me produce me enferma literalmente, de aprender a vivir y gestionar con más o menos acierto esas subidas y bajadas del estado de ánimo.

Para mí la recuperación ha venido forjándose de un trabajo personal continuado para encontrar un sentido a mi vida, a todo lo que me ha pasado. Perseguir un fin que me motive y que esté vinculado con la denuncia de la vulneración de derechos de las personas que pasamos por problemas de salud mental. Mi participación en dos compañías de teatro, ambas de uTOpia Barcelona: les Cia. Brots (salud mental) y Cia. Diversa (diversidad funcional) tienen mucho que ver. Y por supuesto dejar de considerarme una “enferma mental”, una persona diferente con toda la connotación negativa que supone.

El asociacionismo y en concreto ActivaMent fueron un puntal para mi proceso de recuperación. Primero en los GAM (Grupos de Ayuda Mutua) encontré la manera de poder compartir como me sentía con personas que habían pasado por situaciones muy similares a la mía sin sentirme juzgada. Descubrir el autoestigma que arrastraba tras años de ser considerada una “enferma mental” por todas las instituciones sanitarias en general y los médicos/psiquiatras en particular.

El hecho de participar en la gestión de la entidad, en las asambleas, en la gestión de las redes sociales, en definitiva, involucrarme en el activismo en la salud mental en primera persona dio un sentido positivo a todo lo que había vivido, para mejorar mi situación y la de mis compañeros y compañeras.

Hoy, escribiendo estas líneas, no paso por buenos momentos y, precisamente por ello, quiero recordarme que en el pasado he superado esta situación y lo volveré a hacer.

Mònica Civill Quintana


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