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Atado y bien atado

Ilustración © Cristina Méndez

«Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada»
Martin Niemöller

Puedes ser independentista o unionista, catalanista o españolista, puedes incluso ser contrario a las fronteras y banderas (aunque en la práctica sigan existiendo), y en todas estas opciones, puedes compartir ideas o respetar las diferencias y entender que los conflictos políticos se resuelven por la vía política. Luego, claro, también puedes ser Franquista.

En España se habla de “franquismo sociológico” para no decir, simplemente, Franquismo (o fascismo). Porque para que una época vuelva, primero debería haberse ido, pero aquí la continuidad ha sido absoluta. Aquí se llamó Transición a un simple cambio de rótulo de las instituciones, que continuaron con sus mismas estructuras e incluso con las mismas personas y familias en su seno. El Tribunal de Orden Público pasó a llamarse Audiencia Nacional, y 7 ministros de Franco fundaron el partido que en 2017 inició la judicialización del conflicto por la autodeterminación de Catalunya. Y así llevamos 83 años en este país sin que el pueblo pueda elegir a su jefe de Estado.

Pueblo víctima, pueblo de indefensión aprendida, desempoderado y deprimido. Pueblo pisado y pisable. Pueblo silenciado y avergonzado, gobernado por quienes siguen pisando las cunetas de sus muertos. Pueblo forzado al olvido. Y sin embargo, nunca han faltado las voces de denuncia, la resistencia a una conciliación impuesta con muertos.

La estética de la democracia a nivel estatal comenzó a resquebrajarse con las primeras protestas masivas del 15M del 2011. Desde entonces, nuestra Democracia Modélica empezó a promulgar leyes para justificar nuevamente la persecución judicial de los movimientos sociales, los partidos o la sociedad civil que pusiera en cuestión el status quo y sus privilegios.

En pocos años, aparecieron la Ley Mordaza (Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana 4/2015), para penalizar la protesta y la libertad de expresión; y la reforma de la Ley Antiterrorista (Ley Orgánica 2/2015 en materia de delitos de Terrorismo), que no ha servido para detener a ninguna célula Yihadista ni a ETA, que ya no existe, pero sí para procesar a twitteros, titiriteros, raperos, vivienderas antidesahucios y seguidores de Son Goku.

Habrá quienes no recuerden que en el año 2012 el entonces Ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón presentase un Anteproyecto de Reforma del Código Penal que pretendía tipificarnos a todas las personas diagnosticadas de un trastorno mental como Sujetos Peligrosos. Una tipificación por la cual las personas diagnosticadas dejaríamos de ser iguales ante la ley, perderíamos nuestros derechos civiles y constitucionales y quedaríamos condenadas a la indefensión frente a los poderes del Estado. Se nos podrían aplicar medidas de seguridad predelictuales, que se aplicarían mientras durase la “peligrosidad” atribuida al diagnóstico, o estaríamos bajo una condición de «libertad vigilada» y tratamiento forzoso, en caso de librarnos del encierro perpetuo.

Y ahora nos encontramos con casi 100 años de cárcel para líderes políticos o de la sociedad civil por actuaciones tan “peligrosas” como promover un referendum simbólico, permitir un debate en un parlamento o subirse a un coche con un megáfono. Condena que es posible por un delito, el de sedisión, que en las democracias de verdad no existe y que aquí se ha interpretado de una manera tan laxa que criminaliza muchas acciones de simple protesta y manifestación, que es un grave recorte a las libertades democráticas fundamentales, y que servirá como precedente para más judicializaciones de conflictos políticos.

Así llegamos a una sentencia que confunde a Dolors Bassa con Clara Ponsati, y que condena a la primera por actuaciones de la segunda. Eso da igual, porque no se han juzgado actos, sino ideas, así que a cualquiera que las comparta podría sucederle lo mismo. Volvemos (seguimos) en una oscura época de medidas de seguridad predelictuales, de leyes de vagos y maleantes aplicables a la disidencia.

Los medios te cuentan las cosas de una en una, como si no tuvieren entre sí relación alguna. Cuesta poco ver que Alsasua, Valtonyc y el “Procés” son solo ejemplos de un mismo sistema, que nunca se ha ido de donde ahora se teme volver.

No soy español ni catalán, por lo que no tengo un conflicto de banderas, pero soy loco, inmigrante, ideológicamente comunista y pobre, así que soy consciente que un sistema jurídico politizado me deja en una situación de indefensión, y que el fascismo que grita en medios de máxima audiencia vendrá, como siempre viene, a por nosotras. Quienes hoy no se posicionan, llorarán en su momento “su” injusticia cuando la diana esté marcada por su condición discriminada.

Hernán María Sampietro


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