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Sistematizado la experiencia de quitarme la capa de invisibilidad ante un grupo de desconocidos

Fotografía © Elena Figoli

Como ya conté en un artículo anterior, hace poco conocí a un grupo de personas que hacen quedadas en la zona donde vivo. Este grupo se formó en verano del 2018, por un par de personas que querían hacer salidas de todo tipo, con un perfil de personas de más de cuarenta y tantos años, sin importar si eran parejas o personas sin pareja. El eje central es querer salir y pasar un rato agradable. El grupo se comunicaba a través de dos grupos de Whatsapp, uno donde se podía hablar de todo lo que se quiera y subir todos los videos y gif que se nos ocurrieran, en un día podían haber alrededor de trescientos mensajes. En el otro solo se podía poner la información del lugar y horario de una quedada. Cómo ya estaba en varios grupos de Whatsapp, aproveché y en una de la salidas comenté que salía del grupo que tenía más movimiento y me quedada en el que sólo se subía la información.

En la primera quedada a la que asistí, fue un domingo de agosto a la hora del vermú, coincidimos seis personas. Duró como una hora, me sentí bien. A la segunda que asistí fuimos cuatro personas, se habló un poco sobre lo que hacíamos cada uno y yo dije que era ama de casa y nos pasamos los diferentes perfiles de Facebook. En mi perfil de Facebook hago público y notorio que soy activista en primera persona en salud mental, por lo que me mantuve a la expectativa. A la siguiente quedada, fuimos tres personas, una de ellas me preguntó directamente y me comentó que le parecía muy interesante lo que yo hacía. De hecho suele compartir mis publicaciones de salud mental. En las siguientes quedadas fui conociendo a otras personas y nos pedimos amistad por Facebook. En una de ellas, una persona me comentó que un familiar trabajaba en un centro de salud mental y me preguntó si le conocía, y me di cuenta que sabe que trabajaba en salud mental, pero no acababa de tener claro en qué posición.

El sábado se volvió a quedar por la tarde con la idea de ir luego a cenar. La semana anterior había grabado un vídeo de un minuto difundiendo que hacía una charla sobre el estigma en salud mental, donde además me presentaba como activista con experiencia propia en salud mental, vídeo que yo misma colgué en una página de Facebook de mi ciudad, página donde sé que también están varias de las personas con las que coincidí el sábado, alguna le ha dado un me gusta al vídeo. Estaba claro que lo habían visto. Pues la verdad es que fue una tarde agradable, estuvimos en un bar charlando de múltiples temas triviales, entre ellos salió el tema de lo que hacíamos y aquí sí que ya dije que hacía voluntariado en salud mental aunque sin especificar desde qué posición. Luego nos fuimos a cenar, donde también me sentí bien.

Ya estamos en octubre. Ya ha pasado el día Mundial de la Salud Mental y he publicado en mi perfil donde he participado. Ayer asistí a otra quedada, se quedó en un bar y se aprovechó para celebrar el santo de una de las personas del grupo. Asistimos unas quince personas. Iba con un poco de miedo a sentirme expuesta públicamente. La tarde transcurrió de forma agradable, había caras nuevas, nadie preguntó, me divertí. Cuando íbamos saliendo del bar, a una de las personas del grupo le dio un ataque de ansiedad, no la dejaron aparte y un par de personas la acompañaron a la puerta de su casa, es lo bueno de quedar en la zona donde vives. Este hecho me hizo replantearme mis miedos, estaba tan centrada en mi miedo al rechazo que no miré a las personas que estaban a mi alrededor. Todas ellas con sus propias historias y posiblemente con unos miedos parecidos a los míos.

Moraleja, estaba tan centrada en mis propios miedos, en mis propios prejuicios, que di por hecho que sería juzgada y señalada. Qué equivocada estaba, tan centrada en mí que no pude mirar al otro. Algo me dice que les acabaré contando alguna de mis “batallitas” mientras nos tomamos unas cervezas y nos hacemos unas risas.

Rosa García


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