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El trabajo y el trastorno mental

Fotografia © Elena Figoli

El trastorno mental no me llegó en el peor momento, ni en un momento especialmente delicado en mi vida. Tenía casi 25 años, había estudiado una carrera, trabajaba. Me encontraba en una situación similar a la de mis amigos. No podía quejarme, con un contrato de trabajo y nunca había disfrutado de una pareja. Unas noches que dormí poco y la atracción por el mundo de los chats me empujaron hacia nuestro conocido mundo de las pastillas. A posteriori pienso que noté una cierta subida de estrés los días previos y no detuve por completo los ratos de euforia y susceptibilidad.

La reacción de alarma de mi entorno fue lógica. La decisión de un médico de medicarme ya no se puede cambiar. Esto pasó hace 19 años y mantengo desde hace tiempo una medicación baja y poco propensa a los cambios, si no atravieso otra fase de hipomanía.

¿Y qué puedo aportar en este artículo? Que continué en la misma oficina y con los mismos amigos y justamente entonces mi vida sentimental empezó. En el trabajo, primero sentí una moderada vergüenza por ignorar qué conocían de mi baja médica. No hablé con nadie por no tener aún la suficiente confianza. Esto fue una constante durante más de una década, aquí o en otros ambientes. Si me cerraba yo mismo, ¿cómo podía atreverme a decir que llegaba unos minutos tarde un mes que fui a ver a mi madre ingresada en el hospital del Fórum? Compartimos diagnóstico y pensaba entonces que la ocultación era la única solución, cuando me estaba jugando el pan.

Fui capaz de trabajar más horas, conocer gente agradable pero el tema ‘trastorno’ no dejaba de ser un tabú. Curiosamente, al marchar a vivir a Colombia dos años me inspiré y escribí un texto con experiencias propias sobre el trastorno bipolar, medio maquilladas. En el taller de escritura algunos compañeros supieron que era un escrito muy autobiográfico y no pasó nada. En el trabajo, también algunos compañeros supieron lo que me había sucedido y algunos leyeron mi texto, que apareció en un libro de múltiples autores, similar al que recientemente se publicó en Barcelona con el nombre «Estigma».

No sufrí una recaída fuerte hasta el año 2017. Yo iba a trabajar cada día y mi salud mental nunca era un impedimento. Sólo ocultaba mis visitas a la psiquiatra, pero iba en horario no laboral.

Antes de Colombia, recuerdo el caso de un chico con una cierta fama de raro. Era un chico serio, iba un poco a la suya y alguna vez había sido objeto de burla o alguien le empujaba a cantar las canciones de su grupo favorito. Un día parece que tuvo una especie de crisis y estaba nervioso y alterado. Pienso que cuando uno no se siente suficientemente seguro también puede mostrarse tímido y no acercarse demasiado si se ve ante un caso semejante. Incluso, puede seguir las bromas generales. No sabes si puedes ayudar o aportar al otro. Quizá por internet y en el anonimato sí te atreves más a hablar de ti o ayudar.

Ya en el año 2015, con un grado de discapacidad, supe qué era un centro de trabajo protegido y han estado cuatro años bastante apacibles. Los compañeros con una problemática de salud mental hemos estado en general bastante finos, incluso casi nunca nuestra situación emocional nos ha jugado una mala pasada. Un compañero lleva cuatro años conmigo y nunca había trabajado en una empresa tanto tiempo. Otros han vivido fases de tensión en su vida pero siguen con ganas de trabajar. Las personas que conozco con una discapacidad física en ocasiones arrastran más problemas para poder venir al trabajo. El cuerpo les da motivos de preocupación y necesitan una pausa.

El 2014 me inicié en el activismo y he ido abriéndome más a la gente, he hecho saber a las redes lo que hacía o directamente a la gente con la que iba coincidiendo. De hablar de la salud mental sin airearlo a no ver inconveniente en ofrecer mi testimonio. Y es normal comprobar que hay mucha gente con historias propias o cercanas para compartir. Tu amor propio crece a medida que te sientes útil, la vergüenza desaparece y no piensas que tengas que estar escondiéndote en grupos de amigos nuevos o ante gente que te conoce del trabajo o los estudios. En las redes se tapan unas cuantas miserias y te das cuenta que hay gente sin diagnóstico que puede estar sufriendo igual o más.

David García


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