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Mi experiencia con la psiquiatría biologicista y las “drogas” psiquiátricas

Ilustración © Francesc de Diego

Llevo casi treinta años con trastorno mental. Debuté a los trece años con una depresión mayor. Por el camino me diagnosticaron de un trastorno alimentario no especificado y el último diagnóstico fue el trastorno bipolar. Desde siempre me explicaron que lo mío podía ser genético, ya que en mi familia ha habido casos de depresión. También me dijeron que las causas de mis problemas de salud mental eran biológicas (no segregación de suficiente serotonina, desequilibrios químicos, etc.), y desde siempre me recetaron psicofármacos como único tratamiento.

Un psiquiatra me llegó a explicar de forma gráfica, cuando aún era una adolescente, que mi cerebro era como una ensalada con sus ingredientes y necesitaba aceite. Pues bien, era como si mi cerebro no recibiera el suficiente aceite. Así mismo me lo explicaron.

Nadie tuvo en cuenta que tuve una infancia muy triste, que hubo personas que abusaron psicológicamente de mí, que sentí que no se me protegió, que me sentía sola ante el descubrimiento de que me gustaban las mujeres y el temor de que mi familia lo supiera y fuese rechazada.

Ha sido a raíz de ponerme en contacto con otras personas que han pasado por la experiencia del trastorno mental que he podido intercambiar impresiones y aprender otra perspectiva de ver las cosas. Primero aprendí lo que es el estigma, es decir, esas ideas preconcebidas y prejuiciosas que hay en el imaginario social, por ejemplo, que las personas con trastorno mental son agresivas, impredecibles, débiles de carácter, infantiles, deficientes intelectualmente, poco confiables o responsables, incapaces para estudiar, trabajar, etc. Y descubrí que tenía mucho autoestigma (cuando haces tuyas todas estas ideas falsas). Han hecho falta años para desprenderme del autoestigma. Acabar con el estigma social es mucho más difícil.

La psiquiatría imperante, biologicista, explica los problemas de salud mental, los trastornos mentales, como enfermedades biológicas, como enfermedades del cerebro.

Esto nos deja en total indefensión a las personas que tenemos trastornos mentales porque, si es así, no depende para nada de nuestra voluntad, tenemos el cerebro enfermo. En parte nos “quita” culpa, no tenemos la culpa de tener el trastorno. Pero tiene una trampa, y es que, si no depende de nosotros, de nuestra fuerza de voluntad, de nuestra intención, en cualquier momento podemos desestabilizarnos y que se desencadene una crisis comportamental o de impulsos; por ejemplo, agresividad, que es la idea más estigmatizante para mí. Por lo tanto, la psiquiatría biologicista promueve el estigma.

Hay otra manera de ver las cosas. Tenemos trastornos mentales porque hemos padecido mucho, por no saber gestionar todo este sufrimiento o no saber pedir ayuda a tiempo. A mí me parece más sensato pensar precisamente que este sufrimiento extremo es la causa de los trastornos mentales. La causa de este sufrimiento puede venir de traumas o abusos infantiles, de (malas) condiciones de vida, de relaciones familiares disfuncionales, de una sociedad injusta y enfermiza, etc., que se reflejan en unos u otros trastornos.

La evidencia científica no ha podido demostrar hasta la actualidad que realmente haya factores genéticos y/o biológicos que sean la causa de los trastornos mentales. ¿Por qué entonces esta perspectiva biologicista es la imperante? Porque hay muchos intereses relacionados con las farmacéuticas. Según la teoría biologicista, el remedio son los psicofármacos. Las farmacéuticas no paran de sacar nuevos fármacos, de publicitarlos a los psiquiatras, de ofrecerles congresos y formaciones sobre estos fármacos. Es decir, muchas veces los psiquiatras no son objetivos a la hora de recetar psicofármacos.

De esta manera estos psiquiatras salen ganando con estos incentivos y las farmacéuticas hacen su agosto y se enriquecen con nuestra salud mental.

Nosotros no salimos ganando en nada. Está comprobado que los psicofármacos favorecen la cronicidad de los trastornos mentales y no se ha podido comprobar que hagan el efecto que deberían hacer, no mejoran nuestra calidad de vida. Nos sedan, enmudecen nuestros síntomas en todo caso, pero son simples tiritas para pasar una crisis. Tienen efectos secundarios que se notan nada más empezar a tomarlos. Pero es que no son inocuos, tienen consecuencias que pueden ser graves, como el riesgo de daño hepático, el aumento de peso, de colesterol, de azúcar en sangre y/o pérdida del tejido cerebral.

Otro problema es cuando has estado tantos años tomando psicofármacos y/o estas sobremedicada, como es mi caso. A día de hoy tomo litio y otro estabilizador del estado de ánimo, dos antipsicóticos, un antidepresivo y un ansiolítico. Dejar o bajar la medicación es algo que requiere de mucha paciencia y tiempo, pues estos psicofármacos son altamente adictivos y el efecto de la retirada es un mono en toda regla. Hay que bajarla muy poco a poco, de forma progresiva, o lo más probable es que haya una recaída. Y aun así, yo he recaído. Pero no pierdo la esperanza. Tengo la convicción de que lo conseguiré. Y también tengo esperanza en algunos psiquiatras, no todos son meros dispensadores de psicofármacos. Mi psiquiatra, desde hace unos siete años, me está ayudando a bajar la medicación y me habla más allá de los síntomas, los psicofármacos, más allá del paternalismo le gusta oír cómo me involucro en el activismo en salud mental.

Es muy importante para mí la certeza de que la psiquiatría biologicista no es la única explicación y sé que no soy la única. Muchas personas psiquiatrizadas buscamos otras respuestas y otras formas de paliar nuestro sufrimiento, como puede ser el activismo en salud mental, los GAM (grupos de ayuda muta) o la terapia psicológica que creamos más conveniente, por ejemplo. A mí no me sirve como explicación para mis problemas de salud mental que se deba a problemas biológicos o hereditarios. Sé que he vivido una serie de experiencias que han influido negativamente en mi forma de ver la vida, de percibirme a mí misma, a mis afectos y relaciones, y que estas “drogas” psiquiátricas pueden haber sido útiles de forma puntual en alguna crisis; pero también sé que la respuesta está en un trabajo más proactivo y psicosocial, que trate los problemas de fondo.

Mònica Civill Quintana


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