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Yo diagnostico, tú diagnosticas…

Ilustración © Sergi Balfegó

Durante mi vida con una etiqueta diagnóstica, etiqueta desde el punto de vista del estigma asociado (nada que ver con la conciencia de enfermedad ni con el rol de enfermo), me he encontrado que todo el mundo tiene la necesidad de diagnosticar. Una necesidad que resulta muy peligrosa y dolorosa.

Los primeros diagnósticos que me vienen a la memoria son los que se producen en los medios de comunicación. Hay un suceso y ante la necesidad de encontrarle una explicación, se rebusca en familia y conocidos para saber si esa persona recibe o recibía tratamiento psiquiátrico, violando su privacidad y perjudicando el colectivo de personas con trastorno mental, que automáticamente es asociado con falsas ideas como la peligrosidad, la agresividad y la impredictibilidad. Unas ideas erróneas y estigmatizantes que provocan más dolor que los síntomas de un diagnóstico. Por eso se lucha contra estos usos y prácticas. Es una cuestión que todavía no ha entrado en los libros de estilo de muchos medios de comunicación, como en su día, y de manera incompleta todavía hoy, entraron otras cuestiones discriminatorias.

El problema viene también de algunos «profesionales» sanitarios, pronto entenderéis las comillas, que en función de cuatro pinceladas se lanzan a diagnosticar sin conocer a la persona, su vida diaria y todo aquello que vivió, con una alegría e irresponsabilidad aterradoras. Un buen profesional, porque los hay buenos y malos, como en todas las profesiones, sabe que no puede poner un diagnóstico con solo cuatro datos, que hay que hablar con la persona e, incluso, que a medida que se la va conociendo, ese diagnóstico que se le había atribuido puede ser erróneo. Un buen profesional sabe que la conducta, los pensamientos y las acciones de una persona van mucho más allá de la etiqueta diagnóstica. Hay factores mucho más importantes, como por ejemplo la personalidad, la autoestima, aquello que aprendió en su entorno más próximo cuando era niñ@, su fe o carencia de esta, sus ideas políticas o apolíticas, los hechos traumáticos vividos, orientaciones sexuales reprimidas y un largo etcétera. Y en la mayoría de los casos, yo incluso diría que en todos, no determina una conducta, porque podemos desaprender conductas y pensamientos en cualquier momento de nuestra vida. Si no fuera así, ni siquiera existiría la psicología. ¿Será que algunas personas piensan que no se puede reaprender?

La sociedad también lo hace. Dejas de ser una persona con toda su complejidad para ser unas ideas falsas y preconcebidas, un diagnóstico (que tampoco saben qué es) y una sintomatología que no es tal. Es en este punto que vives el estigma en tu vida diaria, que la limita hasta puntos insospechados. A veces puede hacer imposible desarrollarse como persona y empiezas a perder habilidades de todo tipo porque evitas las relaciones sociales para no ser herido más, porque el dolor del estigma es peor que el de tu trastorno mental.

Pero como activistas no estamos protegidos ni tú ni yo de esta necesidad inútil. Pretendemos explicar, inconscientemente, las acciones, palabras y actitudes entre nosotros llegando, incluso, a sugerir nuevos diagnósticos o nuevas sintomatologías.

Y dejamos de vivir como personas. Callamos aquello que sentimos. Vigilamos cómo y cuando nos quejamos. Vamos con cuidado con cada relación personal. Porque incluso otro activista puede decidir y difundir que eso que te pasa es que tienes otro diagnóstico, un nuevo síntoma, que hay que tener cuidado contigo. Y nos hacemos daño también entre nosotros.

La próxima vez que te entren ganas de diagnosticar a alguien, párate a pensar. ¿Qué sabes de su vida? ¿Cada cuánto tenéis una conversación realmente personal, a solas? ¿Conoces a su familia y amigos? ¿Habéis pasado tiempo libre junt@s fuera del activismo? ¿Sabes qué quiere en la vida? ¿Sabes qué sueña? ¿Sabes qué piensa? Quizás esos síntomas que ves, aquello que te sorprende, responde únicamente al hecho de que no conoces realmente a esa persona. No diagnostiques si no quieres ser diagnosticado. Somos personas. Tratémonos como tales. Dejemos de hacernos más daño, que la sociedad ya nos lo hace demasiado.

Andrea Quintana


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