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Terrorismo, Abuso Sexual y Acoso Escolar: Mi Historia Hasta los 15 Años

Ilustración © Cristina Méndez

Recuerdo, desde que tengo consciencia de mí mismo, algo más que detalles. No fui a ninguna guardería, y hasta los 4 o 5 años de edad no entré a lo que entonces llamaban “Parvulario”, en la escuela entre los 4 y los 6 años. Creo que estuve en aquella escuela 2 años.

Suficientes para recordar cómo, en varias ocasiones, se habían desalojado todos los niños, maestros y personal por amenazas de bomba, vía telefónica, dentro de la escuela. Gente anónima que llamaba a la escuela amenazando que volarían el edificio (hay que entender que no había identificación de llamadas, ni móviles, ni internet). Esto era a finales de la década de los 70 y principios de los 80 del siglo pasado. Entonces, se suponía que la guardia civil entraba en la escuela para buscar el paquete sospechoso, o cualquier indicio de explosivo. Pasó unas cuantas veces, ignoro cuantas. A los niños nos enviaban a casa y volvíamos el día siguiente, informados que era “una falsa alarma”. La teoría era: supuestos terroristas vascos. El hecho es que a veces te ibas a casa, y mirabas las noticias en la tele, cada día para comer, sentías aquel lenguaje cargado de violencia: “tiro en la nuca”, “cuerpos mutilados“, “detonante”, “revólver”, “arsenal”, “zulo”, “secuestro“, “piso franco”, “asesinato a sangre fría”, “coche-bomba”, “goma-2”, “bomba lapa”, “ETA”, “Herri Batasuna”, “GAL”, “terroristas”, y una infinidad de expresiones, junto con los vídeos, que mostraban la barbarie en toda España y en Euskadi. Y, claro, como los padres no te quieren explicar nada, y callan, pero tú no eres tonto, asocias un problema con el otro, aunque no te lo explicita nadie, ni tan solo las maestras de cole, ni los niños de clase.

Te lo tienes que imaginar, hacer un ejercicio de introspección a tu corta edad, y decir: Bien, Dani, mamá (Rosa) es hija de un guardia civil, lo que a tu et hace nieto de un guardia civil, y tu padre (Lluís) es Director de Producción de una Fábrica Textil con más de 100 empleados. Y, estos de la ETA matan guardias civiles, asesinan políticos, y secuestran empresarios. Automáticamente, tu pequeño cerebro, que no ha madurado mucho, aprende a hacer una Regla de Tres: Si ETA mata o secuestra a estos y yo soy uno de estos, esto es igual a que yo soy: ¡hombre muerto o secuestrado! Al menos cuando llegue a crecer, si es que llego a adulto… con lo cual se te mete el miedo en el cuerpo, y te dices a ti mismo: ¡Chico, lo tienes crudo!

Hago un inciso para decir que en mayo del año 1991 (yo tenía 18 años) ETA hizo un atentado en la caserna de la guardia civil de Vic (capital de mi comarca), matando a 10 personas, entre ellas varios niños… hecho que me conmocionó muchísimo, hasta el punto de sentirme señalado, y esto derivaría en los brotes psicóticos que sufrí el 1993 y el 1995, que me valieron el diagnóstico de esquizofrenia paranoide crónica. Todo tiene sus razones de ser.

Y, así crecí, entre las noticias sobre terrorismo del Telediario de TVE, y posteriormente el “Telenotícies” de TV3 (que nació en 1983), en la TV pública, cuando sólo había tres canales de TV (TVE1, TVE2 y TV3), que no fue hasta mediados de los 90, hablo del 1995 o 1996, cuando aparecieron las cadenas privadas.

Cuando fui adolescente decidí que no sería nunca de mi vida ninguna de estas tres cosas: ni guardia civil, ni político, ni empresario. Ahora, a los 45 años sigo cumpliendo la promesa que me hice y sigo pensando que lo cumpliré. Hay muchos otros oficios en la vida que bien merecen la pena…

Pero entonces la vida tenía otras cosas interesantes, y aprendí mucho en la escuela, jugué con los compañeros de clase, y los amigos. Jugué con mi madre, mi padre y mi hermana. Aprendí a leer y escribir; y a dibujar, pintar y hacer manualidades, que es lo que más me gustaba. Hice puzles, jugué con plastilina, intercambié cromos de futbolistas con los amigos, jugué a canicas, jugué al Monopoly, al Parchís, al amigo invisible, al teléfono, al escondite, a la charranca, a fútbol, a básquet, a ping-pong, a cartas, a dominó, al ajedrez, a damas, y un largo etcétera de juegos de entretenimiento con amigos del barrio, compañeros de escuela, los padres, los abuelos, los tíos, las maestras, etc. Fue una Infancia AgriDulce: Agria por la violencia que había al país, de la cual no podíamos cerrar los ojos, Dulce por todo aquello que tenía de bueno ser niño, jugar y ¡pasártelo pipa!

Pero claro, llega un día que tengo 9 o 10 años (no recuerdo) y, jugando solo en la calle con una pelota de fútbol, que iba chutando en la puerta del garaje del vecino, en la casa de enfrente de la de mis padres… me remito a esta historia que explica éste artículo mío. Y soy víctima de un abuso sexual infantil, el cuál me provoca tal desbarajuste emocional que, obviado por los padres, se convierte en trauma que a su vez hace que me trague las emociones negativas y las arrastre durante años y años, en silencio, oculto debido al tabú sexual que había en mi familia hasta finales de mi tercera década de vida. Y es cuando metes la pata, y te das cuenta que la has metido hasta el fondo, y te hace sentir fatal, motivo por el cuál tienes que espabilar, pero no puedes, porque no entiendes nada y tu cerebro no entiende los conceptos abstractos, porque por edad no corresponde. Esto viene más tarde. Los niños como el que yo fui tuvimos cero educación sexual, más allá de ver algún pene o vagina, muy esquemática en libros de texto, explicando sus funciones reproductoras, y quizás hasta los 13 o 14 años. Lamentable, pero es lo que había.

Pero, por si no fuese bastante, más o menos a aquella edad: 10 o 11 años, y hasta los 14, a la salida de colegio, cuando mi madre ya no me venía a buscar e iba solo a casa por el medio del pueblo, venían a buscarme dos chicos, a los que les atribuyo una edad ligeramente mayor que yo, quizás 1, 2, o 3 años más mayores que yo, pero que no lo sé. Estos niños, sin mediar casi palabra, me cogían por la nuca con fuerza, me escupían a la cara y encima del anorak, me insultaban con todo tipo de improperios, me amenazaban de hacerme nosequé si yo no hacía nosecómo y nosécuándo. Entre algunas de las cosas que recuerdo, es que me pedían recitar de memoria las Tablas de Multiplicar. Mientras lo hacía me seguían cogiendo por la nuca, me daban patadas en las piernas, me pegaban a la cabeza, me insultaban repetidamente, y cuando ya tenían bastante, me empujaban al suelo, me dejaban allí tirado, y arrancaban a correr desapareciendo por alguna esquina. La cosa era progresiva: cuando había algunos niños o familias alrededor sólo me cogían por el cuello, y los brazos, disimulando para que no los viesen, y cuando conseguían separarme de la multitud que salía de la escuela, en un callejón poco transitado, oscuro, o estrecho, allí me hacían todo el resto. De aquí viene que tenga traumas asociados a los números, y al cálculo, por lo tanto, discalcúlia. Recuerdo varios episodios, sin poder concretar más, hasta los 14 años. En aquella edad sufrí el último episodio, y coincidía con haber terminado el 8º de EGB. Aprobé la EGB con un Suficiente (un 5 justito), hecho que me permitió acceder al Instituto a hacer 1º de BUP, en el Instituto público de mi pueblo; mientras otros compañeros de clase habían pasado con Notable (7-8), irían a hacer BUP al Instituto privado de Vic.

Y hasta aquí mi artículo, espero que os haya gustado.

Dani Ferrer


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