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Cuando la vida se te atraganta

Ilustración © Laia Arque

Cada día, cuando suena el despertador, lo primero que pienso es que hoy no, hoy no voy a poder levantarme de la cama. La vida se me cae encima, y siento que me aplasta y que no voy a poder con ella. Estoy cansada, muy cansada, pero tengo una familia, una casa, un trabajo y me levanto un día más. Otro día en que me dejaré llevar, en que cumpliré con mis obligaciones. Bajo mínimos, pero cumpliré… No doy para más. Me escaquearé de todo lo que pueda, y me esconderé en el agujero de mi mente para regodearme en mis miedos y mis neurosis, y fustigarme un poco más para sentirme peor.

Estoy cansada de estar cansada, de sentir esta insatisfacción, esta tristeza, esta falta de ilusión, pero no tengo fuerzas para salir del pozo.

A veces pienso que igual soy yo, que no quiero salir, que no me gusta lo que hay ahí fuera, que me da miedo y que estoy mejor aquí dentro, escondida. Soy una persona introvertida, sí, pero mi natural tendencia a la soledad y a la introspección no justifican esa desgana, esa falta de energía, esa desilusión profunda que parece haberse enquistado en mi alma.

No ayuda, pero tampoco la justifica.

Me he acostumbrado a vivir con una máscara para que me dejen en paz. ¿Quién va a entender que, teniendo todo lo que tengo en la vida, ande siempre con esa actitud de alma en pena? “¿No exageras un poco?” insinúan… porque un tiempo se aguanta, pero cuando la cosa se alarga, y siempre estás con lo mismo, todo el mundo empieza a pensar que le estás echando cuento, que buscas dar pena, llamar la atención, que te compadezcan. Y a mí no me gusta que me compadezcan, ni dar pena a nadie.

Le he dado muchas vueltas a porqué soy así.

No a porqué me siento así, sino porqué soy así.

No he encontrado una explicación que me satisfaga. Por lo menos, no una definitiva. Supongo que, como en muchos otros casos, no hay sólo una. En el fondo, el por qué no es tan importante: conocerlo no soluciona lo que de verdad importa, que es vivir la vida aquí y ahora. Mi predisposición hereditaria, mis vivencias o los niveles de serotonina de mi cerebro no me servirán de justificación cuando esté en mi lecho de muerte y me arrepienta de no haber disfrutado más de la vida, así que continuar enredada un día tras otro, un año tras otro, en esos pensamientos no me sirve de nada.

He sufrido varios episodios de depresión mayor a lo largo de mi vida, desde la adolescencia, y aún en los mejores momentos oscilo entre estar normal y mal.

Le llaman trastorno depresivo persistente, o distimia, y es lo que hay.

Conocer las causas, sean las que sean, no me hará sentir mejor, y he de vivir con esto, me guste o no, así que todo el tiempo que desperdicie dentro del círculo insano de “me siento mal” “busco la causa” “no la encuentro” “me siento peor”, o “conozco la causa”, ”busco la causa de la causa”, “no la encuentro” “me siento aún peor”, es tiempo que no va a volver, tiempo que no voy a recuperar.

Y el tiempo pasa volando.

Reconozco que estoy pasando por uno de mis momentos más-mal-de-lo-normal, y que me preocupa mi falta de ilusión. Me gustaría despertarme un día y que la ilusión hubiese vuelto así, sin más. Me gustaría despertarme llena de entusiasmo y energía para afrontar el día. Pero no es así, sólo con desearlo no basta. No es cuestión de entrenamiento, ni de creer en ello. Es algo que sale de dentro, que no depende de las circunstancias externas.

Hay personas que van sobradas, y otras, como yo, que andan siempre justas.

La ilusión, como tantas otras cosas, no anda muy bien repartida…

Pero la buena noticia es que, también como tantas otras cosas, se puede optimizar. Se puede obtener mejor rendimiento de un recurso escaso y preciado, que de otro que sobra y no se valora. Pero hay que saber cómo hacerlo.

Y más que cómo, para qué.

Esa es la pregunta, creo, más importante. No el por qué, ni el cómo. No la causa, ni la forma. Sino el significado, el para qué. Si no sabes para qué haces algo, para qué luchas, para qué sigues adelante, terminarás por abandonar al primer contratiempo, porque no te valdrá la pena el esfuerzo. Metas, objetivos, sueños, sí, pero pregúntate para qué los quieres conseguir, para qué te van a servir cuando los alcances, qué te van a dar que no tengas ahora. Si lo que haces o lo que quieres conseguir, no tiene verdadero significado para ti, no podrás superar los momentos en los que la ilusión te falle.

Es muy fácil avanzar cuando la ilusión te da alas para volar por encima de los obstáculos. Lo difícil es hacerlo cuando a la ilusión se le acaba la batería y hay que seguir caminando.

Yo estoy en la búsqueda de mi significado, del para qué quiero hacer esto o lo otro, porque las motivaciones que tenía hasta ahora ya no me valen, no sé si es porque en realidad no eran mías o, simplemente, porque yo he cambiado y, aunque me valieron en su momento, ahora ya no. La cuestión no es esa. La cuestión es encontrar un nuevo significado, un nuevo para qué, que me sirva ahora.

Y en eso estoy…

Anna Traver


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