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Machismo cotidiano en la consulta de salud mental

Fotografía © Elena Figoli

A estas alturas nadie debería sostener sin enrojecer de vergüenza que los profesionales de salud mental no tienen enormes sesgos personales que obviamente influyen en su práctica profesional. Probablemente no pueda ser de otra manera, pero más grave que la existencia de dichos sesgos quizá inherentes a ser personas y no máquinas, es negar reiteradamente esa influencia, en aras de una pretendida objetividad científica que no existe.

Sabemos que, cuando se consigue que las contenciones mecánicas sean registradas, se ven grandes diferencias a la hora de atar (las personas racializadas, niños, varones y quienes no reciben visitas son atadas con mayor frecuencia que el resto). Hay estudios que señalan también sesgos de clase económica y social a la hora de recibir uno u otro diagnóstico, presentando síntomas similares: ante ideas delirantes y brotes psicóticos, es estadísticamente más frecuente que alguien bien situado económica y socialmente reciba un diagnóstico asociado a la bipolaridad; y si está peor situado, la etiqueta que obtenga esté asociada a la esquizofrenia. Está demostrada también la influencia de la industria farmacéutica, a menudo por encima de intereses terapéuticos, a la hora de decidir un tratamiento u otro que asignar a cada paciente.

Ante el 8 de marzo y con la huelga feminista en el horizonte (para la que, como contaba en en este texto en Pikara Magazine, este año se han conseguido incluir reivindicaciones desde una convergencia del feminismo y el activismo loco que ha llevado mucho trabajo detrás) pensaba en los sesgos de género por supuesto también presentes en consultas de salud mental. Y me lanzo a compartir algunos de ellos, de esas situaciones y comentarios que en absoluto fueron terapéuticos sino piedras añadidas en un camino que ya tenía bastantes obstáculos.

Me pregunto, por ejemplo, si los pacientes hombres que se sientan delante de su profesional de salud mental contestan las preguntas que yo contesté durante años. ¿Os preguntan con insistencia sobre el tiempo que habéis dedicado a las tareas del hogar? ¿Tenéis vosotros que dar múltiples explicaciones si vuestra pareja mujer dedica más tiempo que vosotros a esas tareas domésticas? ¿Se ve eso como un síntoma de vuestro empeoramiento, de vuestra irresponsabilidad, de vuestra incapacidad de llevar las riendas de vuestra vida? Mi pareja hombre asume más tareas domésticas que yo dentro del hogar que compartimos, y esto ha sido reiteradamente patologizado o señalado como la manera en que yo me evado de mis responsabilidades utilizando mi “enfermedad”. ¿A los varones heterosexuales cuyas parejas dediquen más tiempo que ellos a las tareas del hogar les pasa algo remotamente parecido? Es una pregunta retórica: no les pasa.

También en cuanto a mi sexualidad he recibido comentarios que han estado asociados a mi condición de mujer (además de a una intromisión brutal en mi intimidad). Me han preguntado en consulta por la frecuencia de mis relaciones sexuales con mi pareja, al parecer más baja de la que el psiquiatra en cuestión consideraba oportuno, pues se creyó con la autoridad de decirme: “Tendrás que hacer un poder y esforzarte, él tendrá sus necesidades también”. Me indigno al acordarme. Sé que probablemente esto tampoco les pasa a los hombres psiquiatrizados (el apetito sexual de los hombres en esta sociedad patriarcal es una necesidad que no podemos no satisfacer, el deseo sexual en las mujeres llega a estar patologizado en sí mismo), pero es que no debe pasarnos a nadie que un profesional de la salud en un puesto de autoridad, en el que muchas veces se le ve como referente, nos inste a mantener relaciones sexuales sin desearlas. Ese “consejo” envenenado es tan parecido a asumir que debemos permitir violaciones dentro de nuestra pareja para conseguir mantener la relación, que me da escalofríos recordarlo.

Me pregunto cuántos varones son penalizados porque vayan sin depilar a la consulta. A mí me lo han señalado varias veces y en todas expliqué que es un posicionamiento político (aunque rebatir los prejuicios de tu psiquiatra puede ser considerado un nuevo síntoma ―estás desafiante, rebelde― lo que puede generar un nuevo diagnóstico). En los años que llevo pasando por consultas se ha hecho referencia también a mi olor corporal ―sin que resultase problemático en mi día a día para nadie fuera del CSM―, a mi falta de maquillaje o a por qué no tiño las canas que asoman ya.

Mi propio diagnóstico principal, trastorno límite de personalidad, es precisamente uno de esos que están muy feminizados (el 76% de quienes lo recibimos somos mujeres). Motiva titulares como “¿Por qué te enamoraste de alguien con TLP?” en el blog de un psicólogo que piensa que es oportuno avisar de que, aunque nuestra “pasión puede resultar fascinante inicialmente”, puede resultar también “perversamente dolorosa e incluso adictiva en el medio plazo”. Es un diagnóstico que puede enmascarar situaciones de violencia machista, como recoge este artículo, aunque quizá para verlo y trabajar desde ahí hace falta tener una mínima perspectiva crítica y feminista aún demasiado ausente. Una lástima cuando desde el feminismo muchas mujeres psiquiatrizadas conseguimos explicarnos a nosotras mismas tanto sobre nuestro proceso de sufrimiento.

Para acabar, quería recordar algo. La inmensa mayoría de los profesionales de salud mental que he tenido hasta hace uno o dos años encontraron tiempo para trasladarme que era mejor dejarme hacer en la cama, para mencionar lo desafiante que me estaba volviendo y para calcular que no había dedicado suficientes minutos a que mi hogar estuviera reluciente ni a aprender nuevas recetas con las que agasajar a mis invitados. Mientras andaban en esas, no tuvieron un rato para hablarme de cómo la culpa, el miedo a decepcionar y no cumplir las expectativas, la necesidad de agradar y de ser lo menos imperfecta que pudiera, la sobreexigencia externa y la internalizada y cosas parecidas que han atravesado mi vida e identidad… tenían relación con las opresiones que conlleva ser mujer en la sociedad patriarcal. Ni una palabra sobre cómo el feminismo podría ser una herramienta en mi búsqueda de mayor bienestar. No les dio tiempo a contarme sobre apoyo mutuo ni sobre sororidad. He escrito todo esto también por si acaso vuestros profesionales van igual de cortos de tiempo o tienen los mismos prejuicios machistas y, en sus dañinas prioridades bajo todos estos sesgos de género, tampoco os lo estuvieran contando. Feliz 8 de marzo de sororidad feminista y loca.

Marta Plaza (@Gacela1980)


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