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Mi autoestima y el estigma

Fotografía © Elena Figoli

Ahora, ya por fin, todo vuelve a su lugar, pero hace falta disciplina de pensamiento, hace falta tenacidad y tozudez para no decaer en tus propias falacias internas que, mezcladas con el Trastorno Mental Severo, te pueden confundir.

Mi primera recaída, en 2003, me ha hecho hacer un recorrido melancólico por el tren de la vida finita que todos tenemos y me ha alterado el entendimiento, la razón y la sensibilidad. Ahora ya hace dos años que al hablar de cualquier cosa me pongo a llorar, me emociono como nunca me había emocionado antes. ¿Será que la etiqueta que me han puesto ahora, esquizoafectiva, habla justamente de esta emocionalidad que perdura dentro de mí sin que lo pueda paliar?

Ahora me concentro en el presente colectivo, el mío y de los demás, quiero pensar el Trastorno Mental en positivo y aceptarlo, pero cuesta muchísimo. Siempre se me pasa por la cabeza una alteración cromosómica que tengo, la trisomía de la X, que también es parte de todo y, también, deciros que estoy segura, de haber tenido una infancia mala, infeliz y muy dolorosa. Posiblemente, por no decir probablemente, haya sido la causa ambiental de mi trastorno mental.

Hay dos opciones: o caer en un pozo negro y oscuro (la depresión) o bien que te adentres en las euforias, y yo, en ninguna de las dos lo paso bien. Sufro, sufro y no paro de sufrir. ¿Por qué yo? Me pregunto. ¿Por qué no algún otro? Yo hablo de euforia callada, ¡ay si yo pudiese compartiros mi poema sobre la Euforia Callada!

Después vienen los médicos que, en general, no prestan atención, al menos en mi caso, que he estado resiguiendo el hilo de mi vida por más de 30 años, ya son muchos años. Los psiquiatras no te entienden, no razonan, no piensan y diagnostican lo que mudamente ignoran ¡y te empastillan tanto! Que vas como una embriagada por la vida, que para nosotras es como una montaña rusa.

He decidido dar la espalda al lodo de la degradación de los psicólogos, que más que ayudarte, a mí me “desayudan”. Mucha teoría y poca práctica, al menos, debería haber un equilibrio entre las dos materias o actitudes.

La Filosofía me salva de tanta tontería, la lógica me lleva a buen puerto y no permite que las enfermeras y los psiquiatras, en conjunto, me tomen el pelo. Y, además, no quiero más daños cognitivos ni más daños fisiológicos por culpa de los medicamentos: hipotiroidismo, obesidad mórbida, diabetes mellitus (controlada), ahora un poco de insuficiencia renal por causa del litio… y, me pregunto: ¿Qué más vendrá? Porque yo ya he entrado siete veces en el quirófano. Y tomo 17 pastillas más el inyectable: ¡Basta!

Sònia Salcedo


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