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Más de dos mil años de desventaja en la lucha contra el estigma

Ilustración © Sergi Balfegó

Según lo veo yo, la lucha contra el estigma lleva más de dos mil años de desventaja. Me explicaré: La historia se remonta a la aparición de la escritura, hará unos cinco mil trescientos años, pero la historia del cristianismo empieza con Jesucristo, supuestamente el año cero de la historia moderna. Sabemos que las marcas de los clavos atravesando las manos y los pies de Cristo clavado en la cruz se llaman “estigmas”, por la marca que dejaban en el cuerpo, así como una picada de abeja también es un “estigma” por la marca que deja en la piel. Estigma, que viene del griego.

El estigma conceptual, como una idea asociada a la salud mental y a otros colectivos discriminados, toma fuerza en los años sesenta del siglo XX, con el autor Erving Goffman y su libro “Estigma: La identidad deteriorada”. El concepto “estigma” va muy atado, también, a las marcas, en tiempos de guerra, que se les hacía a los prisioneros en la piel, identificándolos con un número o cualquier marca para diferenciarlos del resto. A menudo, con un hierro al rojo vivo. Las personas con trastorno mental arrastramos un pasado oscuro, cuando los estigmas que llevábamos eran tan pesados, que nos anulaban como personas humanas y, más a menudo de lo necesario, éramos carne de cañón de múltiples asesinatos, desapariciones, maltratos, vejaciones, hasta víctimas del holocausto nazi; o de la eugenesia nazi, franquista y fascista.

De aquí venimos: De una época romana donde se nos crucificaba, de una edad medieval donde se nos quemaba en hogueras o éramos víctimas de la inquisición cristiana y sus castigos terroríficos, de una revolución industrial seguida de las guerras mundiales donde se nos asesinaba en cámaras de gas, etc. Y quien tenía la suerte de pasar por un sanatorio o manicomio era maltratado, a menudo, hasta la muerte.

Sí, de aquí venimos, ¿pero donde estamos ahora? Todos estos castigos físicos han pasado a ser castigos psicológicos. Ya no se nos crucifica, ya no se nos quema en hogueras, ni se nos aplica “el garrote vil”, tampoco hacen jabón con nuestra piel, pero la lucha contra el estigma sigue y ha de persistir para evitar que los castigos psicológicos: el odio, los maltratos, las vejaciones, la violencia de género, las contenciones mecánicas, los abusos sexuales o de poder, la sobremedicación, la sobreexposición al estrés de los tiempos que corren, las burlas y ridiculizaciones, la discriminación, etc. nos hagan claudicar. Todo esto es consecuencia del estigma.

Como decía Michel Foucault en “Vigilar y castigar”: “Se dirá: la prisión, la reclusión, los trabajos forzados, el presidio, la interdicción de residencia, la deportación —que han ocupado lugar tan importante en los sistemas penales modernos— son realmente penas “físicas”; a diferencia de la multa, recaen, y directamente, sobre el cuerpo. Pero la relación castigo-cuerpo no es en ellas idéntica a lo que era en los suplicios. El cuerpo se encuentra aquí en situación de instrumento o de intermediario; si se interviene sobre él encerrándolo o haciéndolo trabajar, es para privar al individuo de una libertad considerada a la vez como un derecho y un bien. El cuerpo, según esta penalidad, queda prendido en un sistema de coacción y de privación, de obligaciones y de prohibiciones. El sufrimiento físico, el dolor del cuerpo mismo, no son ya los elementos constitutivos de la pena. El castigo ha pasado de un arte de las sensaciones insoportables a una economía de los derechos suspendidos.”

La prisión y los manicomios son y eran herramientas para castigar el cuerpo, para discriminar la diferencia; la diferencia respecto aquél quien no se adapta y quien no se comporta; o quien no obedece a la jerarquía, al patriarcado, a las normas o convenciones sociales.

Es por eso que yo creo que hemos ido avanzando hacia un modelo de gestión de la locura muy centrado en los castigos mentales, y menos en los castigos físicos. Más en coartar libertades, en suprimir derechos, en reprimir la diferencia, que en castigar físicamente la locura. Aunque, en este país sigue siendo legal la contención mecánica, motivo por el cual, todavía no hemos limpiado los castigos físicos, más propios del feudalismo, que del siglo XXI.

La lucha contra el estigma, retornando al principio, según lo veo yo, lleva más de dos mil años de desventaja respecto de los que nos van delante. Serán nuestros hijos y nuestros nietos quien les tocará lidiar con esta realidad y perseverar en la lucha contra el estigma en salud mental, que justo ha comenzado, de manera organizada, en el siglo XXI, y que queda todo el futuro por delante para mantenerla y hacerla extensiva allí donde exista este problema endémico.

Dani Ferrer


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