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Mentir de forma compulsiva por miedo

Ilustración © Laura Jareño

Recuerdo mentir por miedo. Tenía miedo a que mi madre se enfadase por todo y por nada, por lo que empecé con respuestas que pensé que no iban a ser cuestionadas y serían aceptadas, a costa de no hablarle de forma sincera. Como nunca sabía de antemano lo que querría escuchar me acostumbré a contar otra realidad continuamente. Por ejemplo, una vez estuve trabajando como promotora de alimentación en diferentes superficies comerciales, con el dinero que gané me compré algo de ropa y para no escuchar reproches le dije a mi madre que la empresa promotora me la había regalado. A mi madre, una persona avara hasta llegar a la miseria, le pareció bien. Una bronca menos a costa de contar otra realidad.

Si siempre soy juzgada por mis palabras y tengo miedo a tus reproches, intentaré decirte lo que creo que quieres escuchar. Lo malo es que te acostumbras y acabas contando otra versión de la realidad continuamente. Tu cerebro se acostumbra. Mejor falsear que ser juzgada. Recuerdo un tiempo en que falseaba la realidad de las pequeñas cosas sin importancia. Recuerdo contar historias personales y de otras personas, que eran inventadas pero que podían ser reales perfectamente. No era miedo o negación de la realidad, era miedo a la reacción de los otros, tenía miedo a ser juzgada, llevarme una bronca y ser tachada de tonta por cualquier comentario que yo pudiera hacer.

Ese miedo me llevó no sólo a responder lo que creía que los otros querrían escuchar, sino que también me llevó a medir cada palabra que decía, a sentirme mal por si lo que había dicho era incorrecto, repitiéndolo mil veces en mi cabeza. Sentía miedo a hablar y ser juzgada. Es curioso, pero nunca me planteé la posibilidad de que los demás también se pudieran equivocar al hablar o en cualquier otra cuestión. Los otros eran perfectos, la imperfecta era yo, por eso durante demasiado tiempo permití a otras personas que se creyeran con el derecho a juzgarme por cuestiones, que con el tiempo y la distancia, calificaría de auténticas chorradas.

Ser sincera conmigo misma me sienta bien. Empecé siendo sincera conmigo y sentí que lo irreal era intentar crear otra realidad por miedo al rechazo. Cuando hablo de mí o de mis experiencias lo hago desde mi verdad. Por ello, cuando hablo de mi pasado no niego todo mi sufrimiento. Lo ocurrido, ocurrió y por muy pasado que sea sigue afectando a mi presente y afectará a mi futuro. No es pesimismo, es sinceridad conmigo misma, y como ya comenté en un artículo anterior: el silencio, y por ende, la no sinceridad con nosotros mismos, solo beneficia a nuestros monstruos.

No Me Callo Por Que No Me Da La Gana.

Rosa García


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