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Reflexiones desde el aula

Ilustración © Jordi Serra

De las experiencias más impactantes que he recibido últimamente, una ha sido tener la oportunidad de compartir mi historia de vida con estudiantes universitarios.

¿Cómo veo yo la vida desde los 52 años? ¿Y ellos/ellas desde los 19? ¿Cómo se ve la vida de otra persona anónima que se presenta a la facultad una tarde cualquiera?

¿Cómo son las personas que han pasado por una experiencia de trastorno mental a los ojos de unos jóvenes futuros médicos de sólo 19 años?

He visto en ellos y ellas mucha curiosidad, mucho respeto y mucha atención: los departamentos de psiquiatría crecen y son los más grandes de los hospitales, el número de usuarios y profesionales también crece. Hay mucha vocación de servicio en las nuevas generaciones, que no se estropee, ¡por favor!

Quién pudiera volver atrás… a aquellos 19 años llenos de ilusión, con las emociones a flor de piel, con la única preocupación de aprobar unos exámenes y pasar de curso… Para mí el resto del tiempo de la vida entonces estaba medio resuelto: vivía en casa de mis padres y nadie se metía conmigo, era libre, decidía como ocupaba mi tiempo, cuáles eran mis amistades, como disfrutaba de mi ocio, cuáles eran mis estudios y mis decisiones. La única preocupación era encontrar algún trabajo para pagar mis gastos del día a día.

Mientras hablaba a los estudiantes de mis episodios recurrentes de manía y depresión (para simplificar…) y ordenaba mis vivencias y recuerdos pensaba… ¿les estás dando herramientas y recursos por si un día se encuentran en una situación parecida, o simplemente te estás compadeciendo de tí mismo? La sala estaba llena… ¡uno de cada cuatro son muchos! Vigila Enric con lo que dices, como lo dices y qué entienden de lo que dices.

No leí el texto que traía preparado, me conozco demasiado a mí mismo, el guion de mi vida. Lo he pensado, escrito, representado y dirigido cada día. Soy el actor principal de mi película, otros me han acompañado y me acompañan todavía. Les quiero mucho, pero cada cual tiene su propio mundo y su camino. ¿Los he elegido o me ha tocado vivir con ellos? Qué más da, ha ido así. Hay también los espacios de las acciones y reflexiones de mi vida, la marca del entorno.

Ahora estoy en el aula, en medio mientras todo el mundo está escuchando atento y dirigiendo la mirada a mí. Después me harán preguntas que yo no me había hecho nunca… en las preguntas y también en las respuestas me encuentro cómodo. Salgo del guion que traigo escrito e improviso, pongo orden a mi caos vital improvisando… ¡qué contradicción! El discurso parece que ha quedado conexo por la cara que hacen. Me encuentro bien viendo los ojos de quienes me escuchan y la curiosidad de quienes preguntan. Nos acabamos de conocer y salen intimidades a veces tristes y amargas, otros no tanto, así es la vida.

He decidido estar yo hoy aquí, este tiempo es mío, y lo comparto con unos jóvenes como era yo hace 33 años. Comparto situaciones alegres, aburridas, interesantes, de trabajo o de casa… y momentos oscuros, nebulosos, no siempre brilla el sol. Sale la parte de mí incomprendida, irritable, depresiva y hiperactiva, que no se deja amoldar a las convenciones sociales. Lucharé para ser más maduro, comprensivo, tolerante y activo, pero también les pediré a los otros este esfuerzo, sino no vale.

Tengo muchas virtudes, hay quién las sabe apreciar y me lo demuestra, me entiende. Y cuando erro y me disculpo, lo acepta. A quien no le gusta cómo soy, lo que pienso y lo que hago, que no se preocupe, sólo hace falta que se aleje de mí, los que me quieren de verdad no me dejarán. Tan sencillo cómo esto. Yo hago lo mismo.

Y así iban pasando los 20 minutos asignados en aquella aula de la UAB más 10 minutos de preguntas. También hubo momentos para ser positivo, nuestro colectivo se merece dosis de autoestima.

De los 19 años a los 52 el tiempo ha pasado volando… y todo ha cambiado mucho desde aquel lejano 1986. Lo que me sabe más mal es no haber tenido continuidad en el trabajo; el resto, sobre todo la pareja y mi hija han sido un regalo de la vida y doy gracias. Otras personas con quienes me he cruzado me han ayudado o no lo han hecho, pienso que o bien no han podido, o bien no han sabido más. Qué haremos! Todo el mundo se equivoca y acierta, yo el primero, también pasa con los padres, los hermanos, los facultativos, los amigos…

Un día Messi falló un penalti, nadie recuerda cuándo.

Enric Vives


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