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Perdonar a nuestros verdugos

Ilustración © Urco (Josep Durán)

Mirando en Youtube una canción de Daniel Mackler, un exterapeuta neoyorkino, me ha llamado la atención una frase que decía “la sobremedicación psiquiátrica sólo sirve para absolver a mis verdugos de los horrores por los que me hicieron pasar”, refiriéndose a sus padres.

Tenemos que perdonar a nuestros monstruos para que la rabia y el dolor que sentimos no nos destroce por dentro y podamos seguir viviendo en lugar de seguir sobreviviendo. Pero, ¿y si decidimos no perdonar?, ¿qué ocurrirá dentro de nosotros?, pues que la rabia, el rencor, el odio y todo un conjunto de sentimientos negativos seguirán en nuestro interior. Compararía todo lo que ocurre en nuestro interior como una olla a presión y que el perdón a nuestros monstruos es la válvula que regula la salida del vapor de forma controlada impidiendo que explote.

Me vuelvo a repetir la misma pregunta, ¿y si decido no perdonar? Este tema lo he hablado con varias personas con diversas respuestas, aunque la más generalizada es perdonar para poder pasar página.

Hay una persona a la que todavía no se lo he preguntado y ésa soy yo. ¿Y si no quiero perdonar? Evidentemente me respondo con más preguntas, ¿no quiero perdonar o es que no puedo perdonar?, ¿tengo miedo a perdonar a mis monstruos?, ¿mi perdón les absuelve del horror cometido?, ¿la necesidad de perdonar es cultural o es una necesidad del alma?, ¿son los otros los que necesitan sentir que perdonamos a nuestros monstruoso para no sentirse interpelados, ni sentir nuestro malestar?, ¿están los otros preparados para lidiar con el dolor ajeno y por ello nos piden que perdonemos?, ¿yo necesito perdonar a mis monstruos?, ¿lo necesitan mis allegados?

Me pongo delante de un espejo y me intento mirar a los ojos, es difícil mirarse y poder verse. Creo que uno de mi grandes logros personales ha sido conseguir no tener miedo a mis propias respuestas, siendo honesta con mis contradicciones. Me miro en el espejo y siento que no me apetece perdonar, tampoco quiero olvidar, tampoco necesito que mis monstruos me pidan perdón. Por otra parte acepto que mis monstruos me duelen, que hay amor y odio hacia ellos, acepto mi miedo a que la “olla a presión” explote. Decido que no quiero perdonar, por ello, acepto la incertidumbre en mi interior, acepto el dolor y la tristeza, como también acepto la alegría y la paz interior.

Rosa García


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