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Las ideas suicidas como asunción y olvido

A Laura Feliz Oliver, compañera de vida

Fotografía © Elena Figoli

Escribió Montaigne en los Ensayos, plasmado magistralmente por Dostoyevski en las Memorias del subsuelo: «La cobardía es la madre de la crueldad». Respecto a esto, que me parece cierto, he tenido la intuición, mientras escribía un texto sobre salud mental que me han invitado a publicar como activista por la salud mental con experiencia propia, que hay una relación respecto a las ideas suicidas y, pensando en mi experiencia propia, he llegado a la opinión siguiente: el desacuerdo con el mundo, la desesperación y el miedo, que han sido los motivos de las ideas suicidas que he tenido mantenidamente durante veintiún años y que todavía tengo en latencia, devienen crueldad con un mismo y con los otros. Pero esta crueldad no es hija de la cobardía o del desaliento, sino que las personas somos esencialmente recipientes y, demasiadas veces, el recipiente, solamente, de nuestra misma condición. ¿Qué quiero decir con esto?

Con serlo, no son tan relevantes, en mi opinión, los motivos o las causas de las ideas suicidas, sean las que sean y se consideren culturalmente como se consideren, como llegar al conocimiento de que somos, esencialmente, su recipiente.

En efecto, la ideación suicida, motivada en mi caso por el desacuerdo con el mundo, la desesperación y el miedo, era una opción personal y cultural con que, paradójicamente, prolongaba egoístamente mi vida. Además, las ideas de matarme no sólo devenían en una forma de crueldad conmigo y con los otros, sino que, cuando se las manifestaba fríamente a mi prometida para establecer con sinceridad nuestra relación, le aterraban porque suponían la personificación no considerada respecto del otro de una muerte no natural y el rompimiento del tiempo humano, esto es, una subversión del orden difícilmente asumible, sobre todo cuando llega a ser incluso una ideología.

En cuanto a mi proceso de recuperación de la salud, la experiencia propia de vivir con ideas suicidas como recipiente de ellas ha supuesto —diciéndolo con Nietzsche— un «olvido animal». Este olvido me ha permitido, no convivir con ellas, sino superarlas hasta reducirlas a un estado de latencia, tanto personal como cultural. (Nuevamente aquí la idea de recipiente.) Dicho de otro modo: he asumido lo que somos.

Si soy sincero conmigo mismo, lo cual trato de hacer siempre, tengo que reconocer que la medicación que tomo ha contribuido a la recuperación de mi salud respecto de la ideación suicida, aunque la sobremedicación que sufrí —una práctica psiquiátrica común que conculca los derechos de las personas con diversidad mental— la agravó. «No puede el médico curar bien —escribe Séneca— sin tener presente al enfermo». Vale decir que no se pueden tratar las ideas suicidas únicamente con medicación, toda vez que parecen ser algo más que un trastorno mental supuestamente causante, que es, sin duda, una reducción simplista de una realidad ciertamente compleja.

A pesar de que la medicación a corto plazo puede ser eficaz, porque a largo plazo hay consenso en que se desconoce cómo afecta, no se tiene que confiar todo a la medicación, sino que hay otras vías —según mi experiencia, al menos igualmente eficaces— de recuperación de la salud. En mi caso, la búsqueda —en la filosofía, las religiones, la música, el cine, la literatura, el resto de las artes y las ciencias— es una.

Es muy infrecuente, sin embargo, poder dialogar con los psiquiatras, sobre todo cuando la concepción del trastorno mental y particularmente de la esquizofrenia, mi trastorno, es estrictamente biologicista. Demasiadas veces los usuarios de salud mental somos extraños a nuestra experiencia respecto de la consideración de los psiquiatras hacia nosotros. Por eso quiero agradecer aquí, junto con el diagnóstico, el diálogo que pude establecer con mis psiquiatras durante el tiempo que estuve en el Hospital de Día (si se me permite el guiño, «De día —escribe sarcásticamente el poeta Leopoldo María Panero en El último manicomio— por cuanto, al parecer, sólo ahí no es de noche»).

A pesar de ser la esquizofrenia una etiqueta estigmatizadora y una concepción falsa, dañina y perjudicial, en mi opinión y como persona con experiencia propia, del «síndrome del espectro de la psicosis», como propone concebirla y denominarla el prestigioso psiquiatra neerlandés Jim van Os, el diagnóstico me ha permitido adquirir consciencia, cultivarme, aceptarme, dejar de estigmatizarme y discriminarme y, finalmente, empoderarme y luchar, dentro de mis posibilidades y circunstancias, por la consecución de los derechos y la inclusión en la sociedad del colectivo de personas con diversidad mental.

He querido hacer pública esta pequeña reflexión sobre la ideación suicida, por un lado, para hacer normal una cuestión todavía prohibida y, por el otro, para compartir una experiencia propia en la creencia de que puede ser de ayuda a otras personas que viven con ideas de suicidio, es decir, todos nosotros alguna vez en nuestra vida.

Hugo Rovira de Saralegui

Sobre el autor:

Hugo Rovira de Saralegui (Barcelona, 1979). Lingüista hispánico y activista por la salud mental con experiencia propia.
Twitter: https://twitter.com/rovirasaralegui
Facebook: https://www.facebook.com/h.rovirasaralegui


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