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Las voces del psiquiátrico

Ilustración © Francesc de Diego

Siempre hay alguien que destaca por su sensibilidad; personas a las que, a veces, las cosas nos superan, perdemos la batalla de la cordura, y acabamos ingresadas en un psiquiátrico. Pues yo formo parte de ese colectivo.

No diré que mi estancia allí fuera agradable. Ni desearía a mí peor enemigo un ingreso en tal centro hospitalario… Pero he aprendido. He madurado. Y quizás, tan sólo quizás, tenga la enorme suerte de no volver allí nunca más.

He visto personas tocar fondo, al igual que yo. He observado la locura en otros ojos que no son míos, la tristeza y la desesperanza. Pero muchos de ellos hoy están en la calle. Hacen una vida normalizada, dentro de sus posibilidades. Como yo. Eso es afán de superación.

Mi autoestima a día de hoy está por los suelos. Creo que ella (mi autoestima) se ha ido de viaje, y no sé si algún día volveremos a reencontrarnos.

Me han pisoteado tantas veces. Pero de todas me estoy levantando, al igual que de esta, aunque he de reconocer que es el brote que más me está costando.

En mi “cuadro clínico” muchos os sentiréis reconocidos: Escuchar voces, creer que la gente te persigue, llorar por nada… o llorar por todo, ver cosas que tan solo existen en tu cabeza. Eso está catalogado como trastorno esquizo-afectivo de tipo depresivo. Una etiqueta más que añadir a mi currículum. Porque de lo que sí me he dado cuenta es que esta sociedad está hecha de etiquetas: “Mirad a la loca”; “Mirad a la gorda”; “Mirad a esa mujer sola que habla con todos, seguro que es una guarra…”.

Os dejo un consejo: dejad de criticar tanto y miraros vuestro propio ombligo. Y mirad a las personas, por lo que son, PERSONAS. Nadie es perfecto. Nadie. Ni tan siquiera tú, a quien mi relato llega a tus manos.

Inma Muñoz


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