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La salud mental azotada por Campofrío

Ilustración © Sergi Balfegó

No me meteré con el mensaje del anuncio de Campofrío ni el concepto de “amodio”, que confiemos no se popularice en el país. Es irrelevante. Por otra parte, un compañero de ActivaMent ya analizó al detalle esta campaña, sus mensajes y sus imágenes, y crucificó, como muchos en las redes, a una firma a la que recuerdo su lema de hace años (les diría que pulsen este enlace de no ser porque aún les estaríamos haciendo publicidad, Anuncio Campofrío – Años 80). Pues ese “mejor día a día” ha pasado a ser “este año, peor que nunca”.

Nos resulta ya habitual que las personas con una problemática de salud mental sean aplaudidas cuando hacen charlas de sensibilización a auxiliares de enfermería o estudiantes de medicina. Les ofrecemos unas lecciones que no leerán en libros ni serán parte de ninguna asignatura. En cambio, los televidentes pueden contemplar anuncios donde surge en medio de la naturaleza el clásico manicomio, los pacientes son ridiculizados y terminamos siendo, sin comerlo ni beberlo, objeto de burla.

Un buen grupo de amigos, familiares y vecinos conocen mis altibajos. En algún momento me habrán notado algo “desquiciado” o “chalado” pero han comprobado que un trastorno mental no es una comedia, que debe tomarse muy en serio. Y yo he contactado este año con personas con experiencias de suicidio o conocidos que han sido ingresados en una clínica de salud mental. Yo también he pasado bajones anímicos en los últimos meses después de una fase de hipomanía y entre unos y otros hemos intentado acompañarnos en las buenas y en las malas. Cariño, cuidado, comprensión empiezan por “c”, querida fábrica de embutidos.

No olvidemos que este 2017 ya fue testigo de una lucha contra el “Circo de los horrores”, afincado unas semanas en Barcelona. De alguna forma, este espectáculo se basa en la sangre y el sensacionalismo para intentar atraer a su público. Ahora bien, ¿qué pretende Campofrío con esta campaña? ¿Que la familia ría unida en el comedor? Al menos que tengan el buen humor de reconocer y aceptar su equivocación. Y no es que las personas con un trastorno mental estemos en contra del jolgorio y la alegría. Lo que molesta y mucho es que seamos víctimas dobles, en la vida real y en la pantalla. Tanto que se habla de la justicia en nuestro mundo. Esto no es justo para individuos que buscan apoyo y suelen encontrarse incomprensión.

Lo lamentable es que, una época tan sensible como la navideña, nos depare un nuevo mazazo y sabremos que vendrán más y más. En la prensa, la televisión, el cine. Somos valientes al exponer nuestras vivencias y algo que me alegra es que si un lunes nos damos cuenta de un atropello como el de Campofrío, el martes y el miércoles nos enfadamos, lo comentamos y antes del fin de semana ya nos organizamos para que este abuso no se reproduzca. Si justamente los creadores del anuncio del “amodio” volvieron a ensalzar la figura del difunto cómico Chiquito de la Calzada, protagonista de otros anuncios en años pasados, que no se convierta esta tradicional empresa en una empresa “pecadora”, “cobarde de la pradera”, digo del campo.

Obertament, ActivaMent, Salut Mental Catalunya y muchos de sus activistas no han tardado en declarar que nos vuelve a escocer una herida. Eso sí, no nos callamos y nos dirigimos con vehemencia al causante del mal. Ignoro si Campofrío gozará de cintura para encajar el reto que le lanzamos. Los primeros segundos del anuncio muestran a personas embelesadas y en poses grotescas. Un anuncio de un periódico de hace un siglo o más podría haber usado el mismo tipo de pacientes estereotipados. Después escuchamos un vocabulario dañino, que no colabora en nada con el fin de la discriminación hacia las personas con un trastorno mental. Campofrío no necesita la publicidad de nuestra denuncia. Sólo ha de demostrar algo de “buen rollo”. Entendemos que saben poco de camisas de fuerza o contenciones mecánicas. Ok, y a Serrat, Risto Mejide o Candela Peña nadie les echara en cara su representación como locos. Quiénes han descubierto por dentro un psiquiátrico merecen ese mismo respeto. Han vuelto a ser ingresados y han visto o han sufrido una experiencia traumática por culpa de la ignorancia, la falta de medios, o por la razón que sea.

Y si es que la sociedad tiene en cuenta nuestros derechos que no sea con ejemplos como una llamada que hice hace días a un centro psiquiátrico. Pregunté por un conocido y me dijeron que no estaban autorizados a decirme si estaba allí. Con esta respuesta se me impidió acudir a visitarlo. Si tanta consideración nos hemos ganado, que comiencen por esa imagen tan irreal que arrastramos y, si hace falta, que concedan unos premios Razzies a las peores películas (como ya es costumbre) y bromas de mal gusto de cada año, como decía mi amigo activista. No creo que sea mucha exigencia. No pedimos un Oscar, a pesar del notable papel desempeñado por tantas personas en las aulas, documentales y en tantas historias, estas sí, basadas en hechos reales, claro.

David García


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