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Como veo el trastorno dentro de mi vida

Fotografía © Elena Figoli

No. No tendré un hijo. Seguramente. Un acontecimiento que se cataloga como “lo mejor en la vida” en opinión de la mayoría. Se unieron mis pocas ganas y el miedo, más el hecho de no contar con una pareja con ese deseo. No. No tendré a corto plazo un trabajo acorde con mi formación, pero trabajaré lo que pueda e intentaré ser un digno activista y seguir ejerciendo como voluntario con unas mínimas competencias. No conduciré un coche ni una moto aún con el carnet en la mano, dudo si podré conocer a alguien y convivir en situación de pareja durante décadas. Temo que no sabré llevar a cabo ciertas tareas domésticas con un cierto decoro. Quizás debería hallarme en un estado de necesidad para ir a muerte a fin de convertirme en un mediocre amo de casa.

Éste sería un reducido resumen de la vida (o de algunos “fracasos”) de un chico tímido que se cruzó con un trastorno mental y no dejó que lo tumbara. Por ejemplo, veía que no ligaría nunca cara a cara. ¿Cómo actuar? Mis escasos conocimientos tecnológicos me permitieron iniciar varios noviazgos sin amilanarme por mi diagnóstico. Mis amistades tampoco huyeron cuando supieron lo que me pasaba. Supongo que había sido y seguí siendo merecedor de su confianza y fue positivo que mis más viejos amigos se encontraran repentinamente -como yo- con mi primera crisis e ingreso. No hubo tiempo de construir un armario de donde salir porque ni siquiera estaba a la vista la primera tabla. No acumulo reproches hacia ellos. Da igual que a veces el trastorno fuera un tema tabú o algunos comentarios o bromas los juzgara un pelín hirientes. Igual ellos aguantaron enfados míos puntuales o noches de silencio. En eso las personas no nos diferenciamos tanto.

En mi vida profesional la mayoría de años hube de lidiar con un silencio parecido pero más duro. Precisamente, en los últimos tiempos ya me he atrevido a confesar cosas personales y ahora todo es más sencillo debido a la comodidad de un centro especial de trabajo. Digo comodidad en el sentido que allá no disimulas ni escondes nada desde el primer día. Y la continuidad de mi psiquiatra a lo largo de los años me ha llevado a pensar aquello de “más vale malo conocido…”. Para nada estoy molesto con ella, lo que ignoro es si podría haberme llevado mejor o impulsado con el objetivo de ser feliz en la vida.

Escuchas a personas aborrecer su problemática de salud mental o lanzar puyas a ciertos individuos que no las entendieron o menospreciaron. Hay quien llora y se desespera ante etapas oscuras. Yo no he confeccionado una lista de enemigos y admito que mi trastorno bipolar me deja vivir con relativa tranquilidad. Dije adiós al hospital hace 17 años, los efectos secundarios de la medicación tienen un papel bastante ídem en mi existencia. Mi personalidad se exaltó en momentos de hipomanía, si bien no se despegó de mi cuerpo mi yo más sociable. Y ante mis fases más bajas justamente fui yo mismo el que me desenganché de la cama y quise continuar con mis actividades habituales.

El fútbol sala me hizo no aislarme durante 27 años, he leído mucho y desde que me uní a la banda del activismo me lanzo a hablar en público sin pensarlo demasiado. Después de no dedicarme al periodismo me he desquitado con pequeños textos, artículos, cuentos. Algún reconocimiento y modestas participaciones en una manita de libros me hincharon de orgullo. Conocer a gente nueva y ganarme su aprecio o un amor pasajero resultaron ser también buenos bálsamos. Me queda sólo hablar de la parte mala. Ansiedad, ideas obsesivas, inseguridad, sufrimiento e imposibilidad de transmitir esos sentimientos a otros. Sé relativizar, procuro alejarme mentalmente de las zonas (reales o hinchadas) de conflicto pero soy de los que se desmoralizan fácilmente. Intentaría explicarme más y más aunque prefiero mejor hablar con la gente y compartir vivencias. Que mis hechos hablen por mí.

David García


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