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Un par de copas de más

Fotografía © Elena Figoli

Soy, según el psicólogo, ex-alcohólico. De los dieciséis a los treinta y cinco años bebí alcohol en cantidad. Todo empezó por querer salir con una chica. Te tomas un par de copas y te vuelves un poco más valiente. Rápidamente, si estaba un poco deprimido o no estaba muy brillante, empecé a beber cada día. Salía del trabajo hecho polvo y tomaba unas cervezas y me parecía que iba un poco más alegre. La realidad me parecía insoportable, así que bebía un poco más.

Hasta que tuve el primer brote de esquizofrenia y además me había vuelto una persona con depresión crónica. Me di cuenta de que el alcohol no era la solución. En vez de estar más alegre estaba todavía más deprimido. Así que dejé de beber de forma diaria y, durante unos meses, fui sobrio. Después fui al servicio militar. Aquello era insoportable y en el cuartel el alcohol era barato. Con otro brote y deprimido de nuevo, además de alcoholizado, me echaron del servicio militar. Aquello fue un alivio. De nuevo en casa y durante un par de años de terapias, prácticamente no bebí.

Pero después, para no estar deprimido con los amigos, bebía de nuevo y ya no paré. Al principio, cuando salía del trabajo, me tomaba un par de whiskies. Después fueron cuatro. Los fines de semana me emborrachaba: viernes, sábado y domingo. Pero tenía un cierto éxito social con el sexo opuesto, así que bebía de forma sistemática.

El alcohol pudo más que el trabajo. Cuando me levantaba por la mañana me tomaba un carajillo; a media mañana, un par de cervezas; y cuando eran las seis de la tarde iba borracho cada día. Tuve otro brote y tuve que dejar de trabajar. Eso me provocó una nueva depresión y, durante unos años, pese a que no bebía como antes, bebía mucha cerveza.

Un día pensé en todas las locuras que había hecho yendo ebrio: había perdido el trabajo y había maltratado a dos chicas que habían salido conmigo; había dormido en la calle; y había perdido el respeto de amigos y conocidos. Me di cuenta de que tenía que dejar el alcohol. No fue fácil porque en esta sociedad nuestra el alcohol forma parte de la cultura. Cuando sales de fiesta lo habitual es beber. Al mediodía la gente hace el aperitivo con una copa, o vas con los amigos y tomas un cubata.

Pero lo hice. Tuve algunas recaídas, pero lo superé. Ahora hace veinte años que prácticamente no consumo alcohol y estoy mejor que nunca. No siempre lo consigo, pero he aprendido a tener un cierto control sobre mi estado de ánimo. Si hay alguien a quien no le gusta que beba cerveza sin alcohol, lo siento, pero yo soy así (es sorprendente ver que hay gente que te desprecia si bebes esta bebida).

El alcohol es una droga dura. Ha contribuido seriamente a arruinarme la vida. Si tienes un problema de salud mental no hace más que agravarlo. Si veis que empezáis a ir un poco bebidos cada vez con más frecuencia, paraos y sed conscientes de lo que hacéis. Hay mucha gente que consume alcohol y no pierde el control, pero algunos sí que lo hacemos, y si hay que dejarlo, hay que dejarlo.

Muchas personas que beben mucho te dicen: ”Venga hombre, ¡que una copa no te hará daño!” ¡Mentira! Si bebéis y estáis bien, adelante, pero ¡ojo con el alcohol!

Fèlix Rozey


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