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Mi experiencia con la Terapia Electroconvulsiva

electroshoks

Il·lustració © Sergi Balfegó

Y ahora vas a entrar en un sueño muy dulce“, decía la anestesista mientras me acariciaba la mano. Y así era, tardaba ‘cero coma’ en perder la consciencia, no sin antes escuchar todas las conversaciones que tenían los sanitarios como si yo no estuviera presente. Una vez me enfade muchísimo porque hablaban de lo que me tenían que hacer sin importarles mi aprensión al respecto. En esa ocasión lancé un grito, pidiéndoles por favor que se abstuvieran de ese tipo de comentarios sobre mi persona.

Y, de repente, vuelves abrir los ojos sintiéndote medio mareada y aturdida. Te quitas el pijama, te vistes y te diriges hacia lo que ha sido para ti la sala de torturas a beber el zumito que las enfermeras te ofrecen: piña, melocotón o manzana. Son tan considerados porque cuando te realizan una TEC tienes que acudir en ayunas.

Nunca he estado de acuerdo en que me hicieran este tipo de terapia. ¡Jamás lo quise, jamás! Pero mi psiquiatra y mi padre se aliaron para que así fuera, contra mi voluntad y me repetían: “O vas al TEC o te ingresamos… o vas al TEC o te ingresamos… o vas al TEC o…”. ¡Vale! ¡Vale! Ya voy… Está claro que poca gracia me hacía que me frieran el cerebro, pero menos que me ingresaran. Para esas fechas ya había sufrido unos 4 ingresos y estaba claro que no quería más.

Mi psiquiatra tenía varios pretextos para hacerme la Terapia Electroconvulsiva, como que era mi culpa porque abandonaba la medicación, para estimular la secreción de serotonina, equilibrar mi estado de ánimo…

Al pasar cuatro años sufriendo dicha terapia, tuve que escapar de esa situación y me fui a vivir al campo con un amigo acudiendo a un psiquiatra privado que eliminó la tortura, solo medicación.

Dicen que casi no afecta a la memoria, que no tiene efectos secundarios. Pero yo no estoy de acuerdo ya que tengo grandes lagunas de esos años, como si me la hubieran borrado. No recuerdo casi nada… ¡Cosa que me entristece muchísimo! Pero bueno, ahora ya es agua pasada y hay que mirar hacia adelante.

Marta Díez


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