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Era un atardecer de otoño o de invierno

Fotografía © Kasia Derwinska

     Era un atardecer de otoño o de invierno, hacía frío y pronto se hizo de noche. R. y yo hacía poco que salíamos juntos, teníamos unos 18 años y estábamos en su casa. Era viernes o sábado y estábamos haciendo tiempo para salir con los amigos.

     De golpe llamaron al timbre: Era N., un amigo de la pandilla de R. al que yo no conocía mucho porque hacía unos meses que había dejado de ir con el grupo de amigos de toda la vida y no habíamos coincidido más que por los pasillos del instituto. La gente del instituto decía que sus padres no querían que viniese con nosotros porque nos drogábamos y éramos una mala influencia.

     N. no quiso subir y nos pidió que bajásemos a la calle, que quería hablar con nosotros. Bajamos al portal y nos dijo que había venido a ver a R. para que le ayudase a matarse. Que necesitaba que le consiguiéramos alguna substancia que lo matase.

     Nosotros nos espantamos y nos dimos cuenta que la situación era muy grave. Intentamos mantener la calma, pero todavía no éramos conscientes de qué estaba pasando, no entendíamos porqué nos pedía que le ayudásemos a matarse. En el fondo queríamos creer que no lo quería hacer, que simplemente pedía ayuda.

     Nosotros le preguntamos que por qué quiere matarse. Él nos explica que hay unos hombres que le dicen que haga cosas que no están bien, le dicen que mate a sus padres y que él no lo quiere hacer, pero que tiene mucho miedo, que le siguen a todas partes y que no aguanta más la presión, lo amenazan continuamente. Nos dice que antes de que pase nada ha decidido que se quiere suicidar. Nos suplica insistentemente que le ayudemos a matarse, que no hay otra solución.

     Nosotros en principio pensamos que estos hombres son de verdad. Tiene tanto miedo y tanta angustia… Le empezamos a preguntar cosas de éstos hombres y poco a poco vamos entendiendo que tienen múltiples formas, y que muchas veces están dentro de su cabeza, que son unas voces que le están torturando, otras veces también los ve, son como unas sombras, van vestidos de negro y están en todas partes donde él va. Nos dice que va al psiquiatra, que le dice que lo que le pasa es culpa nuestra, pero que él no quiere pensar esto, que no nos desea ningún mal. También nos dice que le da pastillas, que no sirven de nada, que nadie le cree, que aquellos hombres lo quieren obligar a hacer cosas que él no quiere hacer y que tiene mucho miedo de terminar obedeciéndoles.

     Le decimos que lo vamos a ayudar pero que no lo vamos ayudar a matarse. Él quiere irse y tan sólo quiere que le ayudemos a matarse. Nosotros no le queremos dejar sólo y estamos mucho rato intentando convencerlo de tiene que haber otra solución y de que la vamos a encontrar. No sabíamos nada, no teníamos ni idea de cómo abordar aquella situación, no le podíamos quitar esa idea de la cabeza ¿Qué herramientas tienen los jóvenes para hacer frente a éstas situaciones? Tan sólo teníamos el sentido común que nos decía que no lo podíamos dejar sólo.

     Finalmente, lo convencemos de ir a su casa. Decidimos que necesitamos ayuda y vamos a buscar a otro amigo, M., que también vive en el barrio. Le prometemos no decir nada a sus padres y decidimos dividirnos. M. y él van a la su casa y nos esperan allí, R. y yo vamos a buscar a los otros amigos que están en un bar. Los amigos que están en el bar dicen que nosotros no podemos hacer nada y continúan la fiesta, a mí me cuesta creer que se lo tomen de esta manera.

     Mientras vamos camino de vuelta a casa de N. tenemos una mala sensación, aceleramos el paso. M. y él están en la habitación jugando en el ordenador. N. le dice que va al baño un momento, sale de la habitación, camina por el pasillo, pasa por delante de la puerta de la cocina donde está su madre de espaldas haciendo la cena,  llega al comedor, abre la ventana y se tira desde un sexto piso.

     En ése mismo momento nosotros dos estamos andando por la calle, vemos su edificio de perfil. Yo estoy mirando hacia arriba, vemos como cae y como choca contra alguna cosa, un coche u otra cosa.

     Me da una arcada, empezamos a correr, no nos atrevemos a ir donde está él, corremos hacia su portal. Aquí empieza a ir todo muy rápido, mi memoria no recuerda con claridad. Creo que no entro en el portal porque por las escaleras baja M. y la madre de N. Hay muchos gritos que resuenan, pero no sé si alguno se dirige a mí. Quiero coger a M. porque no quiero que salga, dice que es culpa suya. La madre chilla, chilla mucho, veo una cerca metálica que se mueve y es la última imagen que recuerdo. No sé qué hago después, ni donde voy, ni qué explico a mis padres. Tengo dos días vacíos de memoria hasta el día de su entierro.

     Han pasado muchos años, tengo 34, todavía no he podido pasar por la calle donde cayó su cuerpo, tan solo he podido mirar la calle de lejos sentada en el banco de una plaza donde nos sentamos un día M., R. y yo para hablar de lo que habíamos vivido y dónde nos dimos cuenta que nunca volveríamos a ser los mismos.

     Nuestros padres tan solo nos miraron con cara de preocupación. Nos lo comimos con patatas. Pero creo que no explicamos a nadie todo lo que había sucedido. Creo que éramos incapaces de explicarlo. Yo hasta el día de hoy no lo había podido escribir y lo he intentado muchas veces.

     Pasamos por muchas fases, nos sentimos impotentes y culpables de no haber podido evitar el suicidio, de no actuar antes de que la situación llegase a aquél extremo. También sentimos enojo hacia él, que había sido un cobarde, que se había rendido y que nos había causado dolor. También sentí mucha culpa por dejar a M. sólo con él,  fue un error y también me culpo de no haber podido ayudarle a superarlo. Y, por encima de todo, rabia hacia una sociedad incapaz de cuidar de las personas cuando están en un momento de fragilidad.

     Ya no tengo aquel sentimiento de rabia, ni de culpa. Pero es difícil liberarte de la sensación de que se podía evitar y no supimos cómo. Es como si se hubiese quedado una puerta mal cerrada por donde entra corriente, de tanto en cuanto. De no poder borrar los detalles desagradables, y pienso que si no se puede olvidar es porque creo que me quedan cosas por hacer.

     Yo me pregunto: Unos jóvenes que lo viven a los 18 años, ¿qué pasa si no reciben ayuda? ¿Por qué todos callamos delante de los suicidios? ¿Por qué se hace como si no hubiese sucedido nada?

Alba Monfort


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