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El valor de nuestra Voz, tanto tiempo silenciada

Drets i Deures

Ilustración © Francesc de Diego

Cuando uno se pierde en la selva, hay muchos caminos, muchas sendas, muchas maneras de llegar a un posible destino. Cuando se trata de la (mal llamada)  enfermedad mental, nos encontramos como si entráramos en una poblada selva.

Esto es porque hay tantas enfermedades mentales como personas que las sufren. Cada una de las personas que sufrimos mentalmente tenemos nuestro libro de viaje, en el que cada uno lleva experiencias absolutamente individuales y personales.

Con esto quiero decir que acercarnos al dolor mental es intentar acercarnos al día a día del que sufre, porque cada uno de nosotros lleva una mochila de vicisitudes única: una infancia, una familia, un hogar concreto, muchas cosas que sólo nosotros podemos percibir, ya que sólo nosotros conocemos… Nuestros secretos, parcelas de nosotros que sólo nuestro Yo conoce.

Por eso en salud mental tendríamos que tratar cada vida como algo único, cada llamada “enfermedad mental” como algo absolutamente único, y no intentar etiquetar a millones de personas con una serie de diagnósticos que, en lugar de aliviar el peso del dolor, muchas veces te hacen sentir como si te hubieran marcado la frente con un sello o código. Cuando hablamos de enfermos mentales vamos errados, hay tantas enfermedades como personas las sufren, porque los síntomas de cada uno son particulares, y cada vivencia mental un mundo… Así se tiene, se debe, escuchar a los que padecen en primera persona lo que llamamos enfermedades mentales porque, quién sino ellos tienen la clave de muchos de estos padecimientos…

En esa senda hemos de dirigirnos, el diagnosticado debe coger la riendas de su padecimiento, de su llamada enfermedad, y expresar qué es lo que desea, qué es lo que le hará mejorar y encontrarse mejor, qué es lo que quiere, cuál es el camino que le llevará a ir encaminando su vida hacia el bienestar mental.

Los diagnosticados tenemos que alzar nuestra voz y hablar de aquello que necesitamos, de lo que nos gusta y lo que no. No debemos ser tratados como niños bien pequeños. Se debe vencer la inercia de las instituciones y las familias, y en general la sociedad, de infantilizar al llamado loco o enfermo mental. Pero esto no viene de ahora, es una lacra que arrastramos desde hace siglos, es parte del estigma el creer que los diagnosticados no sirven, están atontados, son inferiores…

Sólo hay que prestar atención a cómo la gente, en general, no tiene ni idea del mundo complejísimo en el que nos movemos los diagnosticados de un montón de enfermedades mentales: Cuando no es poca inteligencia, es peligrosidad; cuando no es inferioridad, es culpar a la persona de su padecimiento… ¿Cuántas familias culpabilizan al enfermo de su padecer, como si el terrible dolor que pasamos lo pasáramos porque nos lo hemos buscado? Algo que no pasa con otras enfermedades. Nadie culpabiliza de un cáncer o una neumonía grave.

Tenemos en nuestra contra que nuestro dolor no se toca, no se puede observar como uno observa una pierna rota o algo físico. Como no se ve, es más difícil de entender qué nos está pasando y se tiende a minimizar nuestro sufrimiento…

Por eso es tan interesante que la gente que padecemos todo tipo de diagnóstico de salud mental unamos nuestras fuerzas y luchemos por una sociedad más compresiva con todos los temas de salud mental. Tenemos que agruparnos y desde la fuerza que da la unión, en grupos, poder gritar lo que queremos y lo que no, en primera persona decir lo que sentimos, qué es lo que necesitamos, validar nuestra voz, tanto tiempo silenciada en pos de expertos y más expertos…

Porque… ¿Quién más expertos que nosotros en salud mental? ¿Quién sino uno mismo debe tomar las riendas de su llamada enfermedad mental?

El expresar libremente lo que sentimos y toda nuestra complejidad es muy pero muy importante para avanzar hacia la cura. Y la cura, para mí, es el bienestar, es ese lugar donde hay dolor, porque la vida también es dolor, pero la felicidad gana al sufrimiento.

Princesa Inca


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