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Mònica Civill: “He dejado de creer en las etiquetas para creer en mí misma”

Mònica Civill

“Yo me creí estas etiquetas, este estigma, pero finalmente creí en mí misma.”

Mònica Civill: Psicóloga y Activista de la Salud Mental.

Recuerdo una infancia feliz, pero también recuerdo que terminó muy pronto, demasiado pronto. Dañada por una depresión mayor que me cambió la vida. Todavía era una niña, no era adulta, mi personalidad se estaba fraguando. Fue el inicio de lo que aún no ha terminado. Tenía 13 años y ahora tengo 37. Mi madre, desesperada, me preguntaba qué me pasaba, y yo le dije que “me dolía el alma”, a falta de saber expresarme mejor.

Han sido más de 20 años para encontrar el diagnóstico correcto, diez años más de los que se calcula que tarda en diagnosticarse adecuadamente mi trastorno. No fue nada fácil salir adelante pero, gracias a mi familia, amistades, pareja y determinados psiquiatras y psicólogos, encontré estrategias. Por el camino luché, me caí, me quedé a ratos, quise tirar la toalla pero también me levanté…

Durante este tiempo logré muchos objetivos personales: hice un grado superior de Turismo, me licencié en Psicología, me saqué el carnet de conducir -que era muy importante para mí porque alguien me dijo que nunca podría hacerlo-, tengo amigos y pareja, y he trabajado hasta hace tres años. Soy Mónica y tengo trastorno bipolar, pero no soy una bipolar.

¿Cómo te encuentras ahora?

     Pues, después de un muy buen verano en el que me he sentido muy bien, tras una larga depresión, ahora mi estado de ánimo vuelve a tambalearse. Este verano estaba llena de vida y creo que, cuando has vivido una depresión, reencontrar la sensación de tener ganas de vivir es lo mejor que te puede pasar.

     Y ha sido volver de vacaciones, volver a la rutina, a las lluvias y días oscuros, que han vuelto a aflorar los miedos irracionales e inseguridades, el costarme salir de la cama, el tener la sensación de que vivir me duele. Aunque estoy luchando cada día, siento que me encuentro más lejos, más triste; enfadada con el mundo, cada segundo cuece, duele estar en mi piel. Y como soy dada a decir que todo va bien, a sonreír sin ganas y a no quejarme mucho, y la gente me dice que tengo buena cara, pues aquí lo dejo ir, por necesidad, quizá también por egoísmo, porque sé que esto va de mal en peor.

¿Y cómo afrontas el día a día, sintiéndote así?

     Pues, por una parte, con miedo, apatía y ansiedad. Y por la otra parte, con esperanza. Hay esperanza en mí. Tal vez no estoy tan mal como creía. Aún veo el vaso medio lleno, aun hay mucha gente a la que quiero o aprecio de la que no quiero separarme. Hay aún cosas que me hacen ilusión, y a la vez miedo, pero me quedo con esta ilusión que me provoca aprender cada día a luchar contra el desánimo, contra el aislamiento, contra esta sensación dual de querer y no querer vivir…

      Pero si te parece, manos a la obra, y seguimos con la entrevista.

¿Qué cosas crees que te han ayudado a encontrarte mejor?

     Pues, determinados psiquiatras que me han visitado y hecho un seguimiento y me han recetado medicación. Aunque he tomado mucha  medicación, y a veces con muchos efectos secundarios, llegando a pensar si realmente funcionaba. Es todo un tema. Pero decidí confiar en el psiquiatra que me llevaba y porque, a pesar de los efectos secundarios, noté mejoría con la medicación. Así que aprendí a confiar en la medicación. No sin preguntar y preguntar sobre los efectos que tiene, los efectos secundarios, etc.

     En otra ocasión, la medicación no funcionaba y yo estaba tan desesperada que pedí que me hicieran terapia electroconvulsiva, ya que había leído en un libro que se aplicaba en casos resistentes a la terapia farmacológica, y yo ya llevaba dos años con una depresión mayor. Finalmente, antes de hacérmela probamos un último fármaco y funcionó. ¡¡¡Por suerte!!!

     También me ha ayudado la terapia psicológica y, en concreto, determinados psicólogos y psicólogas con quienes conectamos y pudimos hacer un muy buen trabajo que me ayudó a entender un poco más porqué con 12-13 años caí en una gran depresión.

     Después, ya a nivel de actividades, estrategias, me ha ayudado el hecho de ocupar el tiempo con algo que me interese, ya sea un taller de Gospel, en clases de meditación, hacer collares y anillos con arcilla polimérica (Fimo), formar parte de la compañía de teatro “Brots”, hacer un voluntariado. Y por supuesto, el apoyo de los amigos y amigas, la pareja, la familia, etc.

     Ahora, también tengo que decir que esto ayuda mucho, pero cuanto te coge la depresión o la euforia, estás jodida. Yo he tomado la medicación, he ido a terapia psicológica, he tenido relaciones sociales de calidad, etc., y he recaído. Y no le puedes encontrar explicación porque no hay. Tienes que pasar la crisis lo mejor posible y salir adelante.

En la presentación dices «Soy Mónica y tengo trastorno bipolar, pero no soy una bipolar«. ¿Por qué?

     Pues, porque hay que cuidar mucho el lenguaje y tener cuidado de cómo nos llamamos a nosotros mismos. Como dice un compañero, “al igual que no decimos un canceroso o un sidoso” porque nos parece una falta de respeto enorme, deberíamos encontrar de lo más normal no decir un bipolar, un esquizofrénico, un depresivo, etc… En el caso de la salud mental, el diagnóstico se convierte, a menudo, en una etiqueta difícil de quitar y, por supuesto, con connotaciones muy negativas. Es el llamado Estigma. Y porque parece que de repente sólo eres tu diagnóstico y todo lo que hagas será explicado por éste. Y yo soy muchas cosas más, no soy un diagnóstico.

Popularmente, se cree que una persona con trastorno mental no puede estudiar…

     Yo también lo creí durante mucho tiempo, hasta que me dije a mí misma que debía hacerlo, que yo no era menos que los demás y podía hacerlo. Pero no fue nada fácil. La complicación estaba en que yo misma había interiorizado todas estas ideas prejuiciosas que hay en la sociedad y los medios de comunicación: el Estigma. Ideas como que las personas con trastorno mental no tienen capacidades, son perezosas, no pueden recuperarse, son culpables de lo que les pasa, etc. Y eso es muy duro y frustrante en todas las facetas de la vida de una persona, una de ellas la de los estudios, porque puede ocurrir que la persona se quede a las puertas de realizar unos estudios por estos pensamientos.

¿Comprende tu familia tu trastorno?

     Uf, eso es muy difícil, ¿eh? Yo creo que tienen claro que yo no soy responsable de mi sufrimiento psíquico, que no tengo la culpa, al tiempo que siempre he puesto lo mejor de mí para recuperarme. Pero hay muchos síntomas que no entienden o bien les sorprenden… Por ejemplo, la ansiedad es a menudo complicada de entender para alguien que no lo ha vivido nunca. O las ideas y sensaciones de euforia, de no necesitar dormir, tener mil ideas en la cabeza, etc. Esto, de manera objetiva, pues cuesta entender, o al menos, puede sorprender.

     A menudo, mi madre me pregunta, por teléfono, cómo me encuentro. Pero luego en familia, nos vemos más o menos dos veces al mes porque vivimos a 50 km, no hablamos, no me preguntan ni por mi día a día. Y a veces se me hace complicado explicarme, porque no encuentro mi espacio. Supongo que tampoco hay que estar hablando siempre de lo mismo. Lo que pasa es que cuando uno no se encuentra bien, a veces sólo se mira el ombligo y tiene la necesidad, si tiene fuerzas, de hablar a menudo, de sentir que les importas, de sentirse cuidada.

¿Qué ha supuesto para ti ActivaMent?

     Pues, muchas cosas y muy buenas. Es un punto de referencia para mí. Encontré esta asociación cuando más lo necesitaba. Encontré a unas personas que me recibieron con los brazos abiertos. Por primera vez me sentí parte de una asociación de personas que me entendían y no me juzgaban por el hecho de que yo tuviera un trastorno mental. Esto no quiere decir que gente cercana que no tiene trastorno mental no me haya apoyado y me haya estimado tal como soy, y lo valoro mucho, pero yo necesitaba explicarme y sentirme escuchada por gente que hubiera pasado por situaciones iguales o similares, de igual a igual en este contexto. Necesitaba desahogar todo lo que llevaba a rastras desde hacía tantos años y que me hacía tanto daño y no me dejaba avanzar. Y me encontré con gente muy maja con quien compartí muchas sesiones de Grupos de Ayuda Mutua cuando, como comentaba, yo tenía necesidad de hablar de lo que me pasaba en un entorno de comprensión; que me contaron los derechos que tenía por tener un trastorno mental severo, que me deshicieron muchos estereotipos que yo tenía muy interiorizados y me hicieron ver que tenía mucho autoestigma. Y bien, actualmente llevo las redes sociales de esta entidad y es una actividad más de estas que decía que me ayudan a estructurar mi tiempo y a la que le tengo mucho aprecio.

¿Qué consejos o estrategias recomendarías a otras personas que se encuentren ahora pasando lo que pasaste tú?

     Pues, si se sufre psicológicamente, lo que yo haría sería pedir ayuda a quien sea: un familiar o un amigo en quien confie, el médico de familia, a un/una psiquiatra, psicólogo/psicóloga… Hay que reconocer que se necesita ayuda o al menos, salir de dudas. Porque a veces, por miedo, vergüenza o desconocimiento, no pedimos ayuda y sufrimos innecesariamente. Y por supuesto, aconsejaría que se acercaran a alguna asociación de personas que hayan sufrido o sufran algún trastorno mental, como ActivaMent o alguna otra, en la que se sientan más cómodos.

¿Querrías comentar algo más?

     Sí, me gustaría decir que aún hoy hay mucho estigma. Incluso las personas más cercanas, amigos, familia, a veces no saben o no sabemos cómo abordar el tema. Supongo que las personas afectadas en primera persona somos las primeras que deberíamos hablar más, pero a menudo tenemos tanto de autoestigma que se convierte en una lucha con uno mismo, en mi caso complicada y larga y que todavía dura ahora. Aun actualmente, por ejemplo, muchas veces, cuando conozco gente no sé si decir que tengo un trastorno mental o decir una mentira. Generalmente, espero conocer más a la persona, pero aun así es difícil porque no sabes cómo reaccionará.


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