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“Pero ahora estás bien, ¿no?”

Pensativo

Fotografía © Elena Figoli

     Cuántas veces he escuchado esa frase… O una parecida. Con frecuencia la encajo como una muestra de interés y buena voluntad. Otras veces, sabiendo que quien me la hace sólo espera que no haga nada que le pueda perjudicar. Sigo creyendo que no debo confiarme por completo a la psiquiatría para alcanzar ese bienestar, ese desarrollo personal o esos retos que son las ilusiones que me motivan para avanzar cada mañana. Ahí, mi manera de vivir, mi individualidad y mis capacidades tienen algo que decir.

     La recuperación, la rehabilitación psicosocial, el empoderamiento… todo es posible. Para mí, es incluso un deber, y así me lo tomo. Como una responsabilidad. Y ésta es una opción personal. Como creo que puedo, siento que debo. Como estoy convencido que debo, soy yo el que peleo, a ceño fruncido muchas veces, “junto a mi trastorno bipolar”.

     Soy Sergio Saldaña. Voy a cumplir 38 años y fui diagnosticado con 18. He ido madurando con ello a cuestas. También he ido madurando con mis caries a cuestas. Un diagnóstico es un término clínico, psiquiátrico, que lo acuñan psiquiatras.

     Ya no espero tener un psiquiatra a mi lado, junto a mi almohada, en mis insomnios. Tampoco confío en tenerlo a mi lado cuando mis pulsaciones se disparan. Ni cuando no encuentro la manera de salir de la cama.

     Me costó demasiado tiempo darme cuenta de que así estaba siendo y que así iba a seguir: ni ellos, ni sus medicamentos, iban a hacer un seguimiento integral de esta enfermedad. Que conste que a mi psiquiatra no le exijo más que a mi traumatólogo: cuando me destrocé la rodilla haciendo deporte, no pretendí que estuviera a mi lado poniéndome hielo.

     Así que he ido construyendo un catálogo de recursos para detectar una crisis. Esto lo hacemos todos, también los que no tienen un diagnóstico del tipo que sea. Es un instrumento personal e intransferible, que debo enriquecer conforme voy viviendo, conforme voy improvisando, conforme me voy equivocando. Insisto, todos lo hacemos. Mi elección es hacerlo de forma consciente, sabiendo que mi catálogo puede fallar, pero con confianza porque otras veces ha sido efectivo. Sé que lo debo actualizar porque yo también evoluciono. Debo mantener a punto y preparado mi catálogo de recursos sin esperar que nadie lo haga por mí.

     ¿Qué hago si no duermo más de cuatro horas por noche durante cinco días seguidos? Disminuyo mi vida social, procuro estar con alguien que me aplaca, tiro de todos los trucos –incluso de medicamentos- para dormir mejor, modero el deporte que hago. Me pongo en estado de alerta porque me puedo disparar a un estado de manía.

     ¿Y si la semana es eterna, si levantarme de la cama es el mayor logro del día, si tengo pensamientos grises…? Entonces como chocolate, me obligo aunque sea a salir a caminar o quedo con un amigo que es un cachondo mental. Porque no me da la real gana de dejarme arrastrar por la mullida y destructiva depresión.

     Éstos son algunos de los recursos de mi catálogo. Para ponerlos en marcha no necesito a un psiquiatra. Quizá sí necesito la confianza que mi actual psiquiatra, junto con todo mi entorno, me ha dado. Quiero pensar que, a veces, me la he ganado. Necesito hacer memoria para ser consciente de todo lo que perdí en cada una de mis crisis, en cada una de mis tres hospitalizaciones, en cada ingreso ambulatorio. Y, a día de hoy,  no estoy para nada dispuesto a dejar de trabajar en la tienda por las mañanas y en la biblioteca por la tarde. No me apetece que mi hijo me vea melancólico o irascible. No me apetece tener otra cicatriz. Aunque estoy seguro de que la siguiente crisis vendrá.

     Aquí te espero, con mi catálogo de recursos, que es la demostración de que soy más viejo y más perro, de que me conozco mucho mejor a mí mismo, de que he crecido y de que soy capaz de responder a esa pregunta, “Pero ahora estás bien, ¿no?”, aunque sea susurrando, con un “sí, pero gracias también a mi propio trabajo”.

Sergio Saldaña


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