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Trastorno Mental y Violencia: ¿Qué dice la ciencia? (Parte 2)

Fotografía © Irina Santos

     Hace algunos días escribí la primera parte de este artículo, que pretende responder a la pregunta: ¿Somos o no somos las personas con un Trastorno Mental más violentas y/o peligrosas que el resto de personas de la sociedad? Hasta ahora, hemos visto que la ciencia considera que esta asociación se basa en una idea prejuiciosa -porque los hechos la desmienten-, en una falacia lógica –porque se generaliza incorrectamente a partir de un subgrupo que no representa a la mayoría- y en una confusión con otras patologías -como el Desorden en el Uso de Alcohol y Drogas-.

     En esta segunda parte, veremos qué explicación da la ciencia a los casos en los cuales, efectivamente, sí hay un vínculo entre trastorno mental y violencia. ¿A qué se debe? ¿Es una manifestación de la propia patología? ¿Es un tipo de síntoma?

     Una enseñanza básica de la ciencia, y que la diferencia de otras creencias, es que una asociación entre dos factores no debe confundirse con causalidad. Que dos situaciones o fenómenos aparezcan juntos, incluso reiteradamente, no significa que uno sea la causa del otro. Más bien, esto puede ser debido a la existencia de un tercer factor que sea la causa de ambos. Esto es, precisamente, lo que sucede en el caso del trastorno mental y la violencia.

     Ya hemos visto que parte del error es debido a la alta incidencia que hay de Patología Dual. Es decir, de comorbilidad entre trastorno mental y adicción al alcohol u otras drogas. El Desorden en el Uso de Alcohol y Drogas sí es un factor que incrementa la posibilidad de comportarse de manera violenta en todas las personas, con o sin un diagnóstico de trastorno mental.

     Ahora veremos otros estudios que atienden a los factores histórico-contextuales de las personas para explicar ambos fenómenos. En este sentido, hay investigaciones que enseñan que son las condiciones precarias de existencia -desempleo, indigencia, adicciones, etc.- las que incrementan las probabilidades de cometer actos violentos. Así, un divorcio reciente o la pérdida del trabajo serían predictores más fiables de comportamiento violento que el hecho de tener diagnosticado un trastorno mental –y nadie tiene miedo de las personas divorciadas o desempleadas-. Ahora bien, gran parte de las personas que viven con un trastorno mental se encuentran, como causa o consecuencia, en una condición precaria de existencia. Sería esta situación, y no el trastorno en sí, lo que explicaría los casos en los cuales sí hay conductas violentas.

     Finalmente, otras investigaciones nos remarcan que la situación es exactamente la inversa: las personas con un trastorno mental suelen ser las víctimas y no las agresoras. Según estos estudios, hasta el 34% de las personas con un diagnóstico de trastorno mental han sido objeto de violencia, abusos y/o maltrato a lo largo de su vida. Precisamente, la ciencia también enseña que tener un historial de victimización incrementa las probabilidades de comportarse de manera violenta. En este sentido, la conclusión debería ser que pocas, muy pocas personas de nuestro colectivo reaccionan ante tan altos índices de victimización…

     En definitiva, más allá de los prejuicios, falacias y confusiones, cuando se da un caso de comportamiento violento cabría analizar a qué se debe y no simplemente atribuirlo al trastorno mental. La investigación científica muestra que son otros factores que afectan nuestra vida, y no el trastorno mental en sí, los que explican estos casos. Del mismo modo que no es el color de la piel, sino las condiciones de vida de ciertos grupos étnicos en algunos países lo que explica sus índices de criminalidad, tampoco portar un diagnóstico debe ser aceptado como variable explicativa de la violencia.

Hernán Sampietro


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